JUAN DE HOMAR Y SU TRISTE MUERTE
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Juan de Homar fue el principal ingeniero del Canal de Castilla, y lógicamente vivió en Herrera durante un tiempo.
Desgraciadamente, murió ya viejo, en circunstancias penosas. Raúl Guerra Garrido, en su libro Castilla en Canal, di-
ceo siguiente sobre el final de este gran hombre.
«Te imaginas a Juan de Homar en su casa solariega aterido por el helor del desencanto protegiéndose del frío del
invierno con la gloria. El sistema romano de calefacción, el hipocausto, pervivió en estas tierras (gracias a la romántica figura del leñador furtivo o leñador de hacha, oficio que ya no está en la agenda) hasta el advennimi-
ent o de la bombona de butano. Si se llamó gloria fue por el bienestar que producía,"la enciendes y estás en la
gloria". Las bradas del enebro duran. más que las de encia, las de encina un poco más que las del roble, y las del
roble muchísimo menos que las del tejo: inutil baremo cuando sólo se dispone deunas matas secad. La escasez de
carbón y leña obligaba a aprovechar el fuego de la cocina, reforzándola con sarmientos, pajas y breza a fin de
caldear las habitaciones de uso ordinario por medio del aire caliente que corría bajo una parte del pavimento, en
cerrado en bóvedas de ladrillo o de adobe, con salida o respiradero al aire libre mediante una chimenea embebida
en la pared. Lo imaginad sentado en la trébede, quizá extendiendo sus manos hacia el fuego de la hornacha, pero muy
lejos de la gloria. Los negros nubarrones del pesimismo obscurecían su ánimo.
Debieron de ser realmente muy amargos los últimos años de la vida de Juan de Homar, que desde su retiro en Herre
ra de Pisuerga era testigo impotente del abandono y del progresivo deterioro que sufrían las obras de los Canales de Cadtilla, a las que había dedicado casi la mitad de su existencia. Siendo ya muy anciano, con 74 años,
aún tuvo fuerzas para trazar, a finales de 1806, los magníficos planos de estos canales destinados a las más altas
Instancias, a fin de llamar la atención sobre el lamentable estado en que se encontraban. Lo peor estaba por lle-
gar, vendrán más años malos y nos harán más ciegos. A raiz de producirse el estallido de la Guerra de la Indepen-
dencia, Homar abandonó enfermo su residencia de Herrera, que se había convertido en punto de tránsito de las tro-
pas francesas de ocupación, para refugiarse en la cercana aldea de Payo de Ojeda. Allí le sorprendió, una noche de
diciembre de 1808, un pelotón de diez soldados franceses, mandado por un sargento y guiado por un lugareño que, se-
gún parece, le había denunciado como simpatizante de la guerrilla. Los franceses despertaron a Homar «poniéndole
las pistolas al pecho para matarlo, llamándolo general de insurgentes», pero fue el propio sargento que los manda-
ba quien lo impidió al darse cuenta de que, anciano y enfermo, era completamente inofensivo. Los franceses se reti-
raron, recriminando al desconocido lugareño la falsedad de su denuncia, pero Homar quedó «tan sobrecogido y asus-
tado» tras esta dramática experiencia que falleció a los pocos días. De tan azaroso modo concluyó la existencia
del que, sin duda, fue el ingeniero ilustrado que más contribuyó a que el proyecto del Canal empezara a hacerse
realidad.
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Juan de Homar fue el principal ingeniero del Canal de Castilla, y lógicamente vivió en Herrera durante un tiempo.
Desgraciadamente, murió ya viejo, en circunstancias penosas. Raúl Guerra Garrido, en su libro Castilla en Canal, di-
ceo siguiente sobre el final de este gran hombre.
«Te imaginas a Juan de Homar en su casa solariega aterido por el helor del desencanto protegiéndose del frío del
invierno con la gloria. El sistema romano de calefacción, el hipocausto, pervivió en estas tierras (gracias a la romántica figura del leñador furtivo o leñador de hacha, oficio que ya no está en la agenda) hasta el advennimi-
ent o de la bombona de butano. Si se llamó gloria fue por el bienestar que producía,"la enciendes y estás en la
gloria". Las bradas del enebro duran. más que las de encia, las de encina un poco más que las del roble, y las del
roble muchísimo menos que las del tejo: inutil baremo cuando sólo se dispone deunas matas secad. La escasez de
carbón y leña obligaba a aprovechar el fuego de la cocina, reforzándola con sarmientos, pajas y breza a fin de
caldear las habitaciones de uso ordinario por medio del aire caliente que corría bajo una parte del pavimento, en
cerrado en bóvedas de ladrillo o de adobe, con salida o respiradero al aire libre mediante una chimenea embebida
en la pared. Lo imaginad sentado en la trébede, quizá extendiendo sus manos hacia el fuego de la hornacha, pero muy
lejos de la gloria. Los negros nubarrones del pesimismo obscurecían su ánimo.
Debieron de ser realmente muy amargos los últimos años de la vida de Juan de Homar, que desde su retiro en Herre
ra de Pisuerga era testigo impotente del abandono y del progresivo deterioro que sufrían las obras de los Canales de Cadtilla, a las que había dedicado casi la mitad de su existencia. Siendo ya muy anciano, con 74 años,
aún tuvo fuerzas para trazar, a finales de 1806, los magníficos planos de estos canales destinados a las más altas
Instancias, a fin de llamar la atención sobre el lamentable estado en que se encontraban. Lo peor estaba por lle-
gar, vendrán más años malos y nos harán más ciegos. A raiz de producirse el estallido de la Guerra de la Indepen-
dencia, Homar abandonó enfermo su residencia de Herrera, que se había convertido en punto de tránsito de las tro-
pas francesas de ocupación, para refugiarse en la cercana aldea de Payo de Ojeda. Allí le sorprendió, una noche de
diciembre de 1808, un pelotón de diez soldados franceses, mandado por un sargento y guiado por un lugareño que, se-
gún parece, le había denunciado como simpatizante de la guerrilla. Los franceses despertaron a Homar «poniéndole
las pistolas al pecho para matarlo, llamándolo general de insurgentes», pero fue el propio sargento que los manda-
ba quien lo impidió al darse cuenta de que, anciano y enfermo, era completamente inofensivo. Los franceses se reti-
raron, recriminando al desconocido lugareño la falsedad de su denuncia, pero Homar quedó «tan sobrecogido y asus-
tado» tras esta dramática experiencia que falleció a los pocos días. De tan azaroso modo concluyó la existencia
del que, sin duda, fue el ingeniero ilustrado que más contribuyó a que el proyecto del Canal empezara a hacerse
realidad.
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