¡Oh
Virgen de la Piedad!,
cuando crucificaron a tu hijo Jesús,
tu fe se avivó más aún, y es posible creer,
que al ritmo que crecía la sensible aflicción,
tu paz y confianza se agigantaban.
En tu corazón conservaste con certeza sin igual,
las experiencias y las promesas,
en torno al misterio de la resurrección.
Ante esta tan dolorosa pérdida nuestra,
te imploramos que nos ayudes con tu ejemplo.
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