La he conocido con distintos entornos, con
fuentes y sin ellas, con
jardin y sin él, y ahora sin
coches. Es igual, ella permanece allí,
piedra y vidrio y
color y luz, llenándolo todo y arañando entre sus agujas y arbotantes el aire frío de la
montaña, anidando grajos y
cigüeñas, dando las horas en la única aguja de su
reloj renacentista y mirando la ciudad milenaria. Un milagro.