Era una escuela a la que asistíamos todos los chicos y chicas del pueblo, fuera cual fuera la edad hasta los catorce años. Nos sentábamos en los bancos por grupos según el nivel de conocimiento y el maestro nos dedicaba un rato a cada grupo. Mientras el maestro se ocupaba de un grupo, el resto se dedicaba a realizar cuentas o muestras de caligrafía en la cartilla o algún otro trabajo que nos hubiera mandado. En realidad, estábamos con media cabeza en lo que hacíamos y con la otra media atentos a ... (ver texto completo)
Ni que decir tiene que con aquel sistema tan complejo, mantener el orden en clase era fundamental, y de ello se ocupaba el maestro con absoluta eficacia. El primer nivel conminatorio era su mirada, por encima de las gafas, después los gritos con que te afeaba tu conducta, luego un ligero coscorrón o tirón de orejas. Y si era preciso, estaba la regla con la que podía sacudirte en la palma de la mano o, si el asunto era grave, sobre las uñas de los cuatro dedos juntos y que teníamos que presentarle ... (ver texto completo)