Había una vez, en un
pueblo, un ser tan vanidoso que, cuando se inauguraba algo, se lo apuntaba para él. Se miraba todos los días al
espejo y se sonreia a si mismo, con una sonrisa real, de las de verdad, no como las que le echaban por la
calle. Una vez se enteró de que en su "amado" pueblo, querían abrir un centro de especialidades médicas, pero él no quería que lo hicieran, pues las competencias sanitarias eran de "otros" y estos se apuntarían el tanto, por lo que dijo que no disponían de terrenos
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