A la mañana siguiente, Serafín comprendió: le habían crecido un par de cuernos y tenía un rabo puntiagudo que le llegaba a los pies.
Corrió hasta el cuarto de baño para mirarse en el espejo: tenía dos manchitas rojas encima de las cejas. Sus ojos tenían un extraño color y le dolía el trasero.
“No puede ser mi aureola”, pensó. “ ¡Si no he hecho nada bueno en todo el día!”
A decir verdad, Serafín no se sentía nada bien. Notaba un dolor espantoso en la frente.
- ¡Serafín! -gritó su padre- ¿Qué le pasa a este niño, mamá? ¿Está enfermo?
-No, y no volveré a lavarme ni a cepillarme los dientes nunca, ni siquiera hacia los lados.
- ¿Te has lavado las manos, querido? -dijo su madre.
-Prepárame la cena, mamá -exigió-. Ahora mismo.
De regreso a casa, se puso a saltar sobre la cama con las botas puestas, hasta que se rompió. Sacó todos su juguetes… y no los volvió a guardar.
Pero Serafín se escapó corriendo, dobló la esquina donde había un mendigo pidiendo limosna y al pasar le robó lo que tenía en el platillo.
- ¡Tú, diablillo! -gritó un hombre a quien empujó de mala manera.
Serafín buscó su aureola. Había desaparecido, dejándole una leve impresión de calor en el cogote, que se le quitó tras haber tirado unos cuantos guijarros a los patos del estanque. Después de desinflar los neumáticos de un par de coches, llamar a unos cuantos timbres y quitarle los caramelos a un niño, se dio cuenta de lo mucho que se estaba divirtiendo. Una especie de risa diabólica se le escapó de la garganta al tiempo que sus plumas de ángel se desparramaban como la lluvia.
- ¡Demonio de niño! -gritaron, y el encargado le amenazó con el puño.
En el supermercado retiró la lata judías que soportaba toda la pila. Desenchufó los aparatos frigoríficos y descongeló todos los pollos. Lanzó un carrito contra un estante de rollos de papel y todos los paquetes de papel higiénico se vinieron abajo sobre los compradores.
Aquello no le gustaba nada. Ser malo resultaba pesadísimo para un angelito como Serafín.