” Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable; fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. ... (ver texto completo)
Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras…
En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:
A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones.
Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven.
– ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía!
Simbad el marino

Hace muchos, muchísmos años, en la ciudad de Bagdag vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador.
Serafín respiró aliviado y se prometió a sí mismo no volver a ser nunca realmente malo. Pero por si las alas o la aureola amenazaban con aparecer de nuevo, decidió cepillarse siempre los dientes de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, en vez de arriba abajo, como le habían dicho que tenía que hacer.
Tan sólo después de haber sido bueno durante tres días, el rabo y los cuernos desaparecieron, arrastrados por el agua del baño.
Y el rabo enrollado en su pantalón creció un poquito más.
-Me di un golpe en la frente -mintió.
Ella le preguntó por qué llevaba una venda en la cabeza.
-No estaba en mis cabales ayer -dijo.
¡Pobre Serafín! Tendría que volver a ser bueno. Pidió perdón a su madre, devolvió el dinero al mendigo y fue a limpiar el muro del cuartel de los bomberos. Pidió disculpas a su maestra.
¡Serafín era un diablo!