Se ciñó la cazadora y se fue corriendo de la clase y del colegio, hasta la calle. Se paró delante del cuartel de los bomberos y con una tiza dibujó en el muro una caricatura de su maestra. Debajo escribió: “Ser malo es maravilloso” y “La maldad es estupenda”. Cuando se fue a la calle de las tiendas, dejó tras sí tantas plumas blancas que se hubiera podido llenar con ellas una almohada.
Al instante, una pluma se desprendió de sus alas.

- ¡SERAFIN!
- ¡Ni hablar! ¡No me da la gana! ¡Y usted, vieja estúpida, no puede obligarme! -gritó con una mueca de burla.
La profesora no podía dar crédito a lo que oía.

- ¡Serafín! -dijo con firmeza- ¡Quítate la cazadora!
Serafín carraspeó nerviosamente.

-No -dijo.
Serafín, querido, quítate la cazadora -dijo la profesora, al tiempo que dirigía una tierna sonrisa a su alumno predilecto.
Pero cuando entregó los deberes (a su tiempo debido, como de costumbre), sintió que sus alas crecían y largas plumas blancas se asomaban por debajo de su cazadora. Sólo había una solución para no convertirse en un ángel: hacer algo realmente malo, cuanto más malo, mejor.
Se puso la cazadora para disimular las alas y estiró bien la capucha para esconder la aureola.
No quiero ser un ángel”, pensaba. “Pareceré una niña paseándome por ahí con un vestidito blanco. Ahora ya no me quieren mucho. Cuando me haya convertido en un ángel con alas y todo, nadie me dirigirá la palabra.”
¡Pobre Serafín! Las alas abultaban debajo del jersey y la aureola le producía dolores de cabeza.
La cosa fue a peor. Mientras se lavaba los dientes (cepillando de arriba abajo, naturalmente, no hacia los lados) una luz deslumbrante centelleó sobre su cabeza y tomó la forma de una aureola. Serafín se estaba convirtiendo en un ángel.
Aquella noche no consiguió dormir más que acostado boca abajo y a la mañana siguiente su pijama le resultaba demasiado estrecho. Se miró de nuevo en el espejo y vio que le habían crecido ¡dos pequeñas alas!
A la hora de acostarse, dio las buenas noches a su madre y a su padre y se dirigió a su habitación. Mientras se ponía el pijama, vio sus hombros reflejados en el espejo. ¡Tenía dos grandes bultos rojos!
Un día, a Serafín empezó a dolerle la espalda. Bueno, por el momento era sólo un picor. Intentó rascarse, pero no alcanzaba con la mano.
Pero en secreto pensaban: “Este niño es un repipi”.