El pobre hombre no cesaba de llorar, y un día se encontró con un viejo amigo, a quien contó lo que le ocurría. El amigo, conmovido por lo que acababa de oír, prometió hallar una solución a aquel estado de cosas.
Todos le trataban mal, y no se recataban para decir que deseaban que muriese lo más pronto posible, ya que su vida sólo originaba gastos y molestias.
COMO FUERON ENGAÑADOS LOS MALOS HIJOS

Un hombre muy rico, creyendo que estaba a punto de morir, llamó a sus hijos y dividió entre ellos sus propiedades. Sin embargo, no murió y al levantarse de la cama, se encontró con que sus hijos ya no le querían, ni tenían con él las delicadezas que antes, cuando todos esperaban conseguir mayor parte de su fortuna.
Nueve días
Ya falta menos.
Penélope le quitó el disfraz, sin poder creer lo que veía, y súbitamente un fuerte abrazo unió a marido y mujer, separados desde hacía tantísimos años. Telémaco, con los ojos húmedos de lágrimas, sonreía.
Y, en adelante, Ulises quedó dueño de su reino y su mujer para siempre.
Entre burlas y risas los pretendientes pidieron al mendigo que probara él a disparar también la flecha.
Ulises tomó firmemente el arco, ajusto la cuerda, tiró de ella, apuntó y disparó: ¡la flecha, ante la sorpresa de todos, pasó exactamente por el centro de los anillos!
- ¡Ahora a otro blanco! -gritaron a un tiempo Ulises y Telémaco, y empezaron a disparar contra los pretendientes, que huyeron como ratas, despavoridos.
Le tiraron del pelo, le echaron vino a la cara, y le hacían mil morisquetas ridículas. Ulises los dejó hacer algún tiempo, esperando la mejor oportunidad para castigarlos.
Penélope, que no sabía aún nada del retorno de Ulises disfrazado de mendigo, había preparado una prueba. El triunfador tendría derecho a tomarla por esposa. La reina sabía de antemano que el único que podía ganar, era Ulises. Pero ni se imaginaba que ya lo tenía allí, de vuelta.
Los pretendientes fingieron también que se habían puesto muy contentos de ver de vuelta a Telémaco.
- ¡Con tal que no vuelva tu padre! -pensaron ellos con maldad.
Al ver al mendigo que lo acompañaba, lo tomaron a risa y empezaron a burlarse de él.
Le tiraron del pelo, le echaron vino a la cara, y le hacían mil morisquetas ridículas. Ulises los dejó hacer algún tiempo, esperando la mejor oportunidad para castigarlos.
Penélope, que no sabía aún nada del retorno de Ulises disfrazado de mendigo, había preparado una prueba. El triunfador tendría derecho a tomarla por esposa. La reina sabía de antemano que el único que podía ganar, era Ulises. Pero ni se imaginaba que ya lo tenía allí, de vuelta. ... (ver texto completo)
Al encontrarse Ulises con su hijo y contarle éste lo que estaba ocurriendo con los atrevidos pretendientes, idearon los dos un plan.
El hijo disfrazó al padre de mendigo y se presentaron ambos en el palacio.
- ¡Hijo, qué suerte que has vuelto! -le dijo, abrazándolo, Penélope, que se había sentido muy sola ante los pretendientes, en ausencia últimamente, no ya sólo del esposo, sino también de su hijo.
En aquellos veinte años, Telémaco, el hijo de Ulises, había crecido mucho y había salido en busca de su padre, a quien extrañaba muchísimo.
La reina Penélope tuvo una sola preocupación en tanto tiempo: ahuyentar, alejar de sí, a los pretendientes que querían casarse con ella en ausencia de Ulises.
Aquellos pretendientes se habían instalado en el propio palacio de la reina, para no perder ninguna oportunidad de conquistarla.
Y también para gastar la fortuna del pobre rey Ulises, que valientemente ... (ver texto completo)
- ¿Quién fue el que tuvo la brillante idea del caballo de madera?
Humildemente, Ulises tuvo que confesar que la idea había sido suya.
Al enterarse de aquello, el pueblo hizo fila para hacerle regalos.
Entretanto, una nave, ya lista, esperaba al héroe para llevarlo hasta su tierra.
Se embarcó Ulises, se despidió de los feacios desde la nave, que se fue alejando, alejando, de la playa e internándose más, cada vez más, en el mar.
Veinte años hacía que se había ido Ulises de su patria querida.
Aquella noche, estando todos festejando el regalo, en medio de la oscuridad se abrió una puerta secreta y nuestros guerreros salieron del caballo. En pocas horas vencieron a los enemigos, tomados de sorpresa, y la ciudad que había resistido años tan largos, se rindió en una sola noche.
El rey preguntó:
-Construimos un caballo de madera de muchos metros de alto, que en su interior era hueco. Y allí, en la gran panza hueca del caballo, escondimos a nuestros soldados más aguerridos y valientes. Después, se lo ofrecimos como regalo a nuestros enemigos, que, confiados, lo introdujeron en su ciudad, la por nosotros tan ansiada Troya.
Todos quedaron admirados, especialmente la hija del rey, que pensó que seguramente aquél sería el mejor marido que podía elegir en toda su vida. El rey asombrado, le pidió que, por favor, le contara su vida, que debía de ser muy interesante. Ulises no se hizo rogar. Contó cómo había dejado su palacio, su mujer y su hijo, para ir a la guerra de Troya. Contó cómo aquella guerra se había prolongado años y años y años, sin ganar ni el uno ni el otro bando. Contó cómo gracias a un enorme caballo de madera ... (ver texto completo)