El juego consistía en arrojar una pesada piedra.
El que la arrojaba más lejos, era el ganador.
Algunos competidores no podían ni siquiera levantar la piedra. ¡Tan pesada era!
Ulises la tomó sin dificultad alguna y la lanzó tan lejos, que nunca se la pudo encontrar ya
Como la nave se hundió, Ulises, nadando con la ayuda del cinturón, llegó a una playa desconocida. Sin saberlo, se encontró que estaba en la tierra de Alcinoo, el rey de los feacios. Alcinoo era un rey muy rico y amado por su pueblo.
El náufrago se acercó hasta la corte de Alcinoo y allí pidió a la reina que le facilitara las cosas necesarias para volver a su patria.
Sin preguntarle quien era, lo agasajaron todos mucho y los jóvenes lo invitaron a competir con ellos en un deporte del país.
Ulises ... (ver texto completo)
Pero Ulises no pensaba más que en Penélope, su mujer, que fielmente lo esperaba y suspiraba por él.
Una noche se escapó Ulises de la isla en una nave rudimentaria que se había fabricado a escondidas. Otra ninfa del mar, menos interesada que Calipso, le dio un cinturón flotador
Pero las olas fueron más fuertes que las fuerzas de los remeros y la nave se hundió.
Ulises fue el único sobreviviente. Con el mástil de su hundida nave se construyó una especie de balsa, que las olas fueron llevando hasta una isla cercana: la isla de Calipso.
Calipso era una ninfa del mar, una hermosa mujer que vivía rodeada de algas, peces de colores y estrellas de mar, y dotada de maravillosos poderes que la hacían superior al resto de las mujeres. Calipso podía ayudarlo, pero no lo hizo porque ... (ver texto completo)
Mientras él dormía, sus compañeros, creyendo que en la bolsa que le había dado Eolo había mucho oro, la abrieron para repartírselo.
Y lo único que consiguieron fue que los vientos malos levantasen las olas y desviaran la nave de la verdadera ruta, llevándosela quien sabía adónde. Eolo, al ver aquello, se enojó muchísimo y no quiso ayudarlos más. Así que tuvieron que seguir remando con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas...
pequeña fiesta en su honor. Al día siguiente, en el momento de despedirse, hizo dos cosas. Primero le entregó a Ulises una bolsa que contenía todos los vientos malos. Después, los saludó varias veces con la mano, ordenando al mismo tiempo a los vientos buenos que empujaran la embarcación y la orientaran bien, por la buena ruta.
Ulises vigilaba atentamente el desarrollo del viaje. Pero, como estaba muy cansado, se durmió, después de apoyar la cabeza en los brazos.
La próxima parada de Ulises fue en la isla de Eolo, el rey de los vientos.
Éste, a diferencia del Cíclope, era amable y gentil con las visitas.
A los viajeros los convidó con ricos alimentos y los abrigó con buenas ropas, y les preparó también mullidas camas para dormir por la noche. También les hizo una
-Si nadie te hirió, debe de ser un castigo de los dioses -le hicieron observar sus amigos, retirándose cada cual a su trabajo y dejándolo solo.
Así quedó ciego y engañado Polifemo, víctima del astuto Ulises, a quien él había querido devorar.
- ¡Nadie me hirió! -gritó Polifemo, indignado.
- ¿Quién?
- ¡Nadie!
Cuando la punta estuvo al rojo vivo, la clavó en el ojo del gigante borracho, que bramó de dolor. Los gritos de rabia eran tan fuertes y agudos, que todos los Cíclopes del lugar corrieron a ver qué ocurría, mientras Ulises y sus compañeros huían hacia la nave, que los esperaba meciéndose al vaivén de las olas, a orillas del mar.
- ¿Qué te pasa amigo? -le preguntaron los gigantes al herido, que se había quedado ciego.
El Cíclope no se hizo rogar. Tomó una jarra tras otra, hasta caer borracho y quedar dormido como un ceporro.
Aprovechando el sueño profundo del Cíclope, Ulises tomó una larga estaca de madera y hundió su extremo en el fuego.
Después les preguntó cómo se llamaba el jefe de todos ellos.
-Me llamo "Nadie" -mintió Ulises, que desconfiaba de aquel interrogatorio.
- ¡No me gusta ni tu nombre, ni la cara de tus compañeros! Por lo tanto, ahora me comeré dos de ellos, y al resto los dejaré encerrados un ratito más, hasta que me venga de nuevo el hambre -amenazó Polifemo contento.
- ¡Espera! -le gritó Ulises, asustado del peligro que corrían-. ¡Toma antes este vino que te ofrezco!
Por eso, en cuanto vio desembarcar a Ulises y sus compañeros, los tomó prisioneros, encerrándolos en su amplia cueva.
Allí, mirándolos con su enorme ojo solitario, les preguntó de dónde venían.
-De Troya -contestaron en seguida los viajeros.
El primer obstáculo en su travesía fue Polifemo, el gigante.
Polifemo, más que gigante, era un Cíclope, porque tenía un solo ojo redondo, en medio de la frente. Y no era un Cíclope cualquiera. Era el más importante de todos ellos: el que tenía más ovejas, la cueva más grande, más quesos y más jarras de leche en ella.
Tenía, además, unos gustos muy especiales: adoraba el vino y detestaba el hígado frito. No le gustaban los reyes, ni tampoco los héroes.
Pronto volveré a ver a mi querida Penélope -pensaba recostado en la borda de su barco-. Se le debe de haber vuelto blanco el cabello de tanto esperarme.
Se sentía ansioso. No sabía, ni se imaginaba, que antes de ver a Penélope tendría que enfrentarse con muchos, muchísimos peligros cuya duración no sería corta ni pequeña, sino larga, muy larga. ¡Sí, unos cuantos años más separarían todavía a Ulises de su adorada esposa Penélope!