- ¡Que bello soy! ¡No hay ningún animal que vista tan señorial!.
Todos admiraban sus colores, pero no su mal humor y su vanidad.
Un día, paseaba por el campo, cuando de repente, comenzó a llover.
La lluvia, dio paso al sol y éste a su vez al arco iris.
El camaleón alzó la vista y se quedó sorprendido al verlo, pero envidioso dijo:
- ¡No es tan bello como yo!.
EL ARCO IRIS Y EL CAMALEÓN. (Marisa Moreno)
Comienza así nuestra historia:
Un camaleón orgulloso, que se burlaba de los demás por no cambiar de color como él. Pasaba el día diciendo:
EL ALMA DEL JARDÍN. Leyenda japonesa.

Un muchacho y una joven que compartían una gran pasión por la jardinería contrajeron matrimonio. Vivían juntos y dichosos, y su amor por las plantas sólo era algo menor que el placer que encontraba cada uno en la compañía del otro. Al cabo de los años tuvieron un hijo que, afortunadamente, heredó el interés de sus padres por las plantas. Llegados a la vejez, éstos murieron con escasos días de diferencia, cuando el hijo era todavía joven. El muchacho tomó la ... (ver texto completo)
Y es por eso que el Viento es siempre desagradable.)
Dicho esto, la Estrella se volvió hacia la Luna y con voz suave le dijo:
-Tú has sido buena hija, y desde este momento, serás el astro más dulce, hermoso y plácido. Los hombres te contemplaran amorosamente, y los poetas no cesarán en el curso de los siglos, de cantarte alabanzas.
Y por eso la Luna es tan hermosa y sus rayos tan acariciadores.
(Y por eso el Sol hace sudar y quema la piel.)
Volviéndose al Viento, la Estrella continuó:
-Tú también te olvidaste de tu madre. Desde hoy, soplarás siempre con fuerza, arrancarás los árboles y la gente te maldecirá constantemente.
-Ya que sólo has pensado en ti, sin acordarte para nada de tu madre, te maldigo y de ahora en adelante, tus rayos lo abrasarán todo, y la gente te odiará y en cuanto aparezcas se cubrirá la cabeza.
-Mamá, trae un plato y te pondré en él lo que te he traído.
Y cuando tuvo ante ella el plato, la Luna depositó lo que había guardado en las uñas.
La Estrella se volvió entonces hacia el Sol y le dijo:
-Yo tampoco he traído nada -contestó el Viento-. No era lógico que os reservase nada cuando ni siquiera para mí hubo bastante.
Pero la Luna dijo alegremente:
- ¿Qué me habéis traído del banquete?
-Yo no he traído nada para ti -dijo el Sol, que era el mayor de todos-. Fui a divertirme, no a divertirte a ti, mamá.
Al volver los tres a casa, su madre, que les había estado esperando todo la noche, les preguntó:
El Viento y el Sol eran muy glotones y se lo comieron todo, sin guardar nada para su madre. Pero la suave Luna no se olvidó de ella. De cada cosa que le servían guardaba un poco en las hermosas uñas de sus dedos, a fin de que la madre pudiera probar lo que ellos comían.
DE LA COMIDA QUE CELEBRARON EL SOL, LA LUNA Y EL VIENTO

Un día, el Sol, la Luna y el Viento fueron a comer con sus tíos el Trueno y el Relámpago. Su madre, una de las más brillantes estrellas del firmamento, esperaba sola su regreso.
Cuando, transcurridos unos meses, volvió el amigo, encontró al viejo rodeado de sus hijos, que todos a una se desvivían por él. Y así siguieron haciéndolo hasta que murió, descubriendo entonces el engaño, que tenían bien merecido.
-Te he traído estas piedras para engañar a tus hijos. Cuando me marche vendrán a ver lo que te he traído. Diles que he venido a pagarte una deuda muy antigua, y que eres más rico que antes. Ya verás cómo todos se desviven por ti. Volveré dentro de algún tiempo para ver cómo van las cosas.
En efecto, la encontró y a los pocos días llegó con gran pompa a la casa de su amigo, seguido de diez criados que eran portadores de unos pesados sacos llenos de piedras.
Cuando estuvieron solos, el amigo dijo: