a sido DUKCINEAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA y es mi CASA jajajajajajaj
Hola Amistad;

Anda guapa, que si que miras tú las fotos que pongo. Ya te vale. Estas las colgué cuando llegue de Semana Santa. Claro que la tienes tú igualita, te la mande para que vises tu casa de cerca y a los amigos que te queremos.

¡eh! Chica guapa.

Besitossss

Saludos: Dulcinea.
no uno de jeromo fue el que compro la casa de mis abuelos creo, vamos haber la calle que cuando bajas de la del duende a mano izquierda, creo que es la calle artistas verdad, pues vete por hay a lo mejor caes jajajajaja.. como disfruto con esto jejejeje que malo sooooooooooooooooooooy.

por cierto que callada estas Dulcinea, donde estaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas
Hola P. Collado;

Con este despliegue que habéis montado para mi búsqueda, me he asustado y estoy escondida en un rincón, muerta de miedo. Que malos sois, queréis darme caza. A ver si pasa un poco todo esto y me atrevo a asomar la cabeza.

P. Collado, tú que tienes el correo de Papageno, pregúntale que le pasa. Es muy raro que haya desaparecido de esta manera sin despedirse. Mira que lo llamo en muchos coreos y no responde. A ver si se ha puesto enfermo y le ha dado el vértigo ese que le molesto ... (ver texto completo)
buen trabajo dulcinea, se lo pasaré a mi padre que tiene 80 y algo le sonará de toda la historia. tu y yo los únicos que curramos, los demás seguro que estarán en la playa o la montaña de fin de semana.
saludos.
Sí, sí, y tú no te quejes, que anoche te pusiste morao. Nos dejaste aquí al igual que Kastefa con los dientes largos. Sobre todo tú que me imagine allí en el huerto, asando choricillos, chuletas, un poco de forro, morcillitas ¡Madre mía ¡mejor me callo porque me ya me esta dando envidia otra vez.

Esta pagina esta hecha de una manera que da mucho trabajo el colgar textos largos y fotos. Eduardo intento colgarla la semana pasada y como es novato en la página y en el manejo del ordenador se le borraron ... (ver texto completo)
la que tiene que dar pistas es Dulcinea.
Aunque yo creo que es un seudónimo de otro seudónimo, Amistad, o, muy muy cerca...

saludos a todos/as
Hola Europa;

Yo ya he puesto mis condiciones y solo me dejare ver junto a Eduardo cuando le dejen dar el pregón de fiestas en Villarejo. Sí, sí, allí arriba en el balcón para que me veáis todos bien vista ja, jaa, jaaaa. Que más pistas quieres, que verme en carne y hueso.

Amistad y Dulcinea son seudónimos autónomos que nada tienen que ver uno con otro. Eso sí, somos amiguitas.

Europa has comentado que te fuiste a estudiar a Ucles, me imagino que seria al monasterio que hay allí. Hace tres ... (ver texto completo)
En un momento dado la mirada del cura Andrés volvió a quedarse incrustada en la de Apolonia y creyó ver sus hermosos ojos velados por lágrimas contenidas, con una expresión tierna, melancólica. Ahora interpretó Andrés, a través del misterio de los sentimientos, que estaba recibiendo un silencioso y amargo aviso de socorro, una angustiosa llamada de auxilio. Su torturado pensamiento, chisporroteó de nuevo dando en convertir en una verdad incuestionable que él, todo un cura, estaba siendo cómplice ... (ver texto completo)
buen trabajo dulcinea, se lo pasaré a mi padre que tiene 80 y algo le sonará de toda la historia. tu y yo los únicos que curramos, los demás seguro que estarán en la playa o la montaña de fin de semana.
saludos.
Hola chicos/as.

A petición de Eduardo os transcribo yo el relato por los problemas que había tenido él al ponerlo en la página. Ya sabéis que hace unos días puso el final de la historia de Andrés y Apolonia. Hoy os la cuelgo entera y seguida para que no os perdáis detalle de ella.

Es asombrosa la trama que ha desarrollado Eduardo, basándose en la historia o rumores que se escuchaban cuando era niño, a cerca de los dos protagonistas de esta bonita, sórdida y morbosa historia de amor.

¡Os ... (ver texto completo)
TREINTA Y TRES OJALES ----- Autor del relato: Eduardo Pérez Plaza.

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Bien puedo decir que la historia de este cuento comienza allá por los últimos años del tercer decenio o principios del cuarto en el pasado siglo, en un día que Andrés recogía de su taquilla sus efectos personales que ordenaba y empaquetaba
Comienzo mal, debo rectificar y comenzar de nuevo el relato ajustándome más a lo que mi poca imaginación tenia preconcebido, quizá deba ser así.:
Eran los primeros días de la primavera ... (ver texto completo)
internos la más mínima actitud de intimidad por estar no solo terminantemente prohibida, si no también reprimida, y que hubiera dado lugar a comentarios poco piadosos tanto de profesores como discípulos.
Concluida la despedida, el cura Andrés miró su reloj, se cercioró de que andaba justo de tiempo para coger La Rápida, el coche de línea que debida llevarle aquella misma tarde a Villarejo, así que subió a su cuarto, se cambio su sotana de trabajo por la nueva que le había proporcionado el Seminario, ... (ver texto completo)
El coche en su andar cruzó la carretera N-III, y maniobró su parada en Montalbo, penúltimo pueblo del trayecto y a solo once kilómetros del final de la línea y de su destino en Villarejo, entonces acentuó el cura Andrés la necesidad de ordenar sus pensamientos, y su memoria le devolvió de nuevo a su familia, en su infancia carecía de conciencia de sus orígenes y condición social, ahora ya tenia conocimiento y experiencia para auto-clasificarse socialmente. El era un ser más afortunado que la inmensa ... (ver texto completo)
sexos por riguroso orden en que ocupaban los bancos, se alternaban en acercarse al confesionario, por los laterales las hembras, por delante los varones. Aunque recordaba el cura Andrés toda la ceremonia, no acertaba a concentrarse de que pecados podía en su infantil edad necesitar perdón para ganar la salvación y estar a buenas con su incipiente conciencia y con su Creador, aunque si que recordaba las leves penitencias, generalmente poco imaginativas, no más de un padrenuestro, o un credo y siempre las tres avemarías de rigor.
Paseó su recuerdo por las travesuras infantiles en que participó, nada excepcionales, algún salto de tapias para entrar en las tardes de domingo en el patio del colegio y organizar cuando era la temporada una moraga, o un rústico partido de fútbol, siempre desequilibrado en cuanto a numero de jugadores, a él constantemente le apuntaban para que jugara de medio campo, ya que para defensa era poco duro y para delantero le faltaba empuje. En el Agosto algún baño clandestino en las charcas enfangadas del cercano arroyo, y si tenían certeza de ausencia del amo, chapuzones en balsas de riego.
No recordaba ningún compañero hostil, ni enfado con ninguno que durara más de un día, tampoco exclusivos afectos o querencias, si acaso, el buen trato que siempre mantuvo con su amiguita Apolonia, a la que acompañaba frecuentemente desde la salida de la escuela unas veces directamente a casa de ella donde sus padres les preparaban a los dos merienda de miel o arrope sobre hogaza de pan casero, otras el tentempié de la tarde lo recogían en casa de los padres de Andrés, la insustituible hogaza unas veces acompañada de loncha de ojeroso queso manchego, otras de áspera onza del llamado entonces chocolate, omitiendo ser sucedáneo de ignorada materia prima, cuando en primavera las tardes alargaban, en los porches de una u otra casa se ayudaban mutuamente en sus deberes escolares, o se intercambiaban las pocas publicaciones

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infantiles que llegaban al pueblo, en ocasiones reunían las cuatro perras de sus ínfimos ahorros y bajaban hasta la parada de La Rápida para pedirle al cobrador que les comprara en Cuenca algún tebeo, que recogían al día siguiente y leían juntos con fruición.
En las ceremonias religiosas, o en los días festivos de guardar, acudían a misa juntos, y aunque no podían compartir banco buscaban sentarse en la misma fila uno a cada lado del pasillo central. En las fechas de confesión obligatoria, después de sus inocentes revelaciones al sacerdote administrador de la absolución y al terminar la penitencia, entre risillas, se intercambian los pecadillos declarados y la platica del confesor, generalmente coincidente y recurrente, unas veces inteligible y otras premonitora de pesadumbres sin fin que en su candidez en ocasiones les aterraba y en otras les producía una hilaridad que compartían sanamente. Recordaba también el cura Andrés las caminatas dominicales por el “roce”, aquel inocente paseo consistente en un ir y venir de los vecinos del pueblo, tanto da que casados, novios formales, o simples amigos, en un constante transitar por la calle principal, saludándose todo el mundo con las simples “buenas tardes”, consumiendo pipas de girasol, garbanzos tostados o los dulces del puesto de la repostera del pueblo la Hermana Librada, condumios de entretenimiento que unas veces portaba ella, otras él, y la gaseosa que indefectiblemente compraba Andrés en el casinillo, en donde una hembra aunque niña, no estaba bien visto que entrara en semejante establecimiento, compartían amigablemente la sencilla bebida para sosegar la sed de los frutos ingeridos, y temprano, no más tarde de que el “lucero” del pueblo encendiera el modesto alumbrado público, Apolonia volvía a su casa acompañada por Andrés y se despedían con un ¡Hasta mañana!.
Algunos días de la canícula, cuando el calor y el polvo de las eras hacia insoportable el ambiente, entre la cuadrilla de los escolares que no estaban encadenados al trabajo de la recolección, aparecía algún chiquillo con la noticia de que una de las balsas de riego de los alrededores del pueblo se encontraba llena de fresca agua y con el amo ausente, rápidamente la noticia circulaba entre aquellos chicos y chicas que más confianza se tenían y se organizaba una secreta excursión al refrescante chapuzón, Andrés era el encargado de llevar el aviso a Apolonia, la cual solo accedía a acompañar al grupo si formando parte del mismo iban otras niñas, de las que Andrés tenia previamente que dar relación a Apolonia, y estas otras acompañantes habían de ser de su agrado y por supuesto no haber oído en su casa o en la escuela ningún comentario negativo sobre su conducta.
El baño en inocente camaradería siempre presentaba el problema de la vestimenta adecuada, para ellos la solución consistía en quedarse en calzoncillos, para ellas, su incipiente pudor no les permitía desvestirse con la misma facilidad, las que podían salían de su casa con un camisón entre la ropa intima y la externa, las que no alcanzaban esta solución se limitaban a arremangarse las faldas y chapotear con las piernas en el agua. La sesión de baño siempre acababa con el lamento de alguna mozuela por haberse mojado la ropa más de lo deseado y temer que la descubrieran en casa. Aunque la sangre nunca llegó al río.
Absorto en estos recuerdos, el cura Andrés se percató dando un respingo de el coche abandonaba la carretera de Montalbo y entraba en Villarejo por la llamada “Esquina de Trespelos”, enfilando la recta calle que le llevaría hasta la posada de El Chato, final de trayecto y garaje del vehículo hasta su salida en la madrugada del día siguiente, en este recorrido observó fugazmente al pasar por la travesía que subía hasta la monumental Iglesia de Santa María Magdalena, que en el pórtico de la misma se estaban colocando

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macetas floridas y un verde enramado, que no reconoció por la lejanía con que plantas estaba hecho, cubriendo el contorno del vetusto atrio medieval.
Como era tradicional, la llegada del coche siempre concentraba grupos de gente a su alrededor, era el pequeño y posiblemente único acontecimiento de cada día. Entre los presentes los había cotidianos por obligación, como el cartero, que tenia que recoger las sacas de correspondencia. La guardia civil, que los días que el coche no llevaba escolta se acercaban a curiosear que forasteros llegaban y que pinta traían, también aquellos que tenían que recoger los encargos realizados el día anterior al cobrador del coche, generalmente medicinas solo accesibles en las farmacias de Cuenca, así como los familiares de los viajeros que tenían noticia cierta de la llegada de sus deudos ese día. Y otros simplemente a contemplar con curioseo ese pequeño ajetreo alrededor del único medio de comunicación del pueblo con el exterior.
Aquella tarde, a la llegada del coche de línea se concentró más vecindario de lo habitual, al menos así lo creyó el cura Andrés cuando descendió del vehículo y se encontró rodeado de sus padres y hermanos. La madre se abalanzó sobre el benjamín de sus hijos y lloriqueando se le abrazó al tiempo que besuqueaba sus mejillas.

- ¡Hijo mío!.. ¡Hijo mío!, se me desboca el corazón al tenerte otra vez en casa. ¡Pero que flaco estás!. ¡Que alegría Dios mío! ¡Que alegría! ¿Pero como debo llamarte hermoso mío, si ya eres cura, todo un cura?. ¿Señor cura o Don Andrés?

-Madre, yo también estoy muy contento de volver a estar con todos vosotros, y solo me tienes que llamar como siempre, para mis padres y mis hermanos sigo siendo Andrés, solo Andrés. ¡Anda padre dame un abrazo!, y vosotros hermanos cuanto me alegro de veros también!. ¡Me tenéis que contar tantas cosas!
Unos pasos más atrás del recibimiento familiar y sin perder detalle, esperando intervenir se encontraba Julián “El Maleta”, Secretario del Ayuntamiento con manifiesta curiosidad e interés mal disimulado en inmiscuirse en el recibimiento. Cuando se calmaron los ardores familiares, se digirió al recién llegado.
-Buenas... pues que si te parece a usted bien, en fin que como no se como tratarte después de haberte conocido de crío y ahora de todo un señor cura, que me armo un lío con el tratamiento, así que si no me dices lo contrario te diré Don Andrés.
-Hombre de Dios, respetando siempre lo que representan mis hábitos, llámame como tu quieras, no seré yo quien ponga trabas en que haya una buena relación con mis paisanos. ... (ver texto completo)
-Pues mira don Andrés que te traigo recado del Alcalde, por que ahora no está en el pueblo y me ha dejado dicho que venga a recibirte y darte la enhorabuena. Que mañana os veréis sin falta y que también mañana ya ha dado un bando al pregonero para que anuncie que tú eres el nuevo cura, y que el domingo la misa mayor será cantada con otros dos curas, que ya están avisados para eso los de Almonacid y Fuentelespino, y que será en la Iglesia Vieja que la están limpiando y adornando, bueno pues es todo ... (ver texto completo)
fuerzas de orden público. Llegó a conturbarle la remota posibilidad de que se le exigiese o simplemente sugiriese que revelara secretos de confesión.
¡No, jamás!, si accediese a ello rompería uno de los juramentos más sagrados del sacerdocio. ¡Antes mártir que apostata! – Se dijo para sí el cura Andrés, alejando con este pensamiento cualquier atisbo de acceder a ser revelador de secretos de confesionario.
Continuó sus pasos hacia la siguiente visita, para cumplir con la promesa dada al señor Obispo de agradecer a su protectora Doña Loli el sacrificio y generosidad económica manifestada tanto hacia su persona, como por extensión a la Santa Madre Iglesia, al haber favorecido generosamente a que él pudiera ordenarse sacerdote y así incorporarse a la ingente tarea de salvar las almas de los pobladores de Villarejo, para que llegado el Juicio Final comparezcan ante el Todopoderoso limpias de los pecados que asolan la sociedad.
Llegó hasta la puerta de Dª Loli, dio dos suaves golpe de aldaba, y unos instantes después abrió la puerta una mujer sesentona, de aspecto humilde pero esmeradamente aseada.
-Buenos días señora. ¿Está Dª Loli?.
-Usted es el nuevo señor cura ¿Verdad?
-Para servirla señora.
-Pues no, no está, se ha marchao hace un rato, yo creo que incluso aprisa na más sentir el pregón avisando la misa cantá del domingo ha hecho la maleta, ha llamao al taxi del pueblo y ha salío dispará, no ma ha dicho a onde pero creo que a su casa de Madrid. Si usted me lo permite, y por Dios no lo tome a mal, ya sabe lo rara que es mi ama, ma

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parecio oírla decir que no tenia aliento pa aguantar curitas, que más alante ya tendrá tiempo de ver si atinó al elegir seminarista. Esto por el amor de Dios que quede entre usté y una servidora que yo no quío engañar a un señor cura, aunque tampoco quio ofenderle
-Tranquila buena mujer, que la verdad nunca ofende, y además ya conozco las rarezas de su señora, así que en todo caso si Doña Loli vuelve le dice usted, por favor, que vine a presentar mis respetos. Quede usted con Dios señora.
No le inmutó al cura Andrés el desplante de su benefactora económica y hasta cierto punto se sintió aliviado de no tener que soportar lo que a buen seguro hubiera sido una conversación extravagante, y en donde a él le hubiera tocado ser excesivamente dócil y hasta servil.
El Sol ya se encontraba en su cenit anunciando el mediodía, por tanto era ya hora próxima a la acordada con su madre para la comida, después tendría que esperar a sus colegas de Fuentelespino y Almonacid, miró el reloj y vio que aun le quedaba unos pocos minutos para ser puntual a la mesa, así que decidió darse un discreto paseo por las afueras del pueblo, por proximidad a donde se encontraba se encaminó hacia la plaza de El Coso y salió por la carretera que de Fuentelespino, nada más pasar por las ultimas viviendas del pueblo e iniciar el recorrido por la calzada divisó a ambos lados de la misma las grutas de las antiguas canteras, cuyo origen hay quienes adjudican a una explotación romana, circunstancia histórica no aclarada convincentemente por los cronistas locales. De repente se sintió desolado, como si sufriera un ataque de agorafobia, aunque en realidad se encontraban a muy escasa distancia de la población, le vino el recuerdo de cuando niño el realizar una escapada a aquel paraje le parecía todo un largo periplo lleno de misterio, tardó escasos minutos en el paseo, y al iniciar el regreso, a la altura de las embocaduras de las grutas, recordó sus juegos en ellas, cuando la pandilla las recorría jugueteando y procurando trasmitirse unos a otros un soplo de misterio, asustándose con gritos que retumbaban en el interior de la formación rocosa, no faltaba casi nunca en aquellas excursiones Apolonia, su compañera de escuela, y recordó fugazmente el cura Andrés como entonces al llegar a aquel lugar la niña le cogía la mano confiando que el la protegería. ¡Todos Gracias a Dios nos hemos hecho adultos! ¡Que cosas hacíamos los críos!, ¿Qué será de todos ellos?, fue el final de sus pensamientos, volvió a mirar el reloj y aceleró sus pasos, sin llegar a correr, un sacerdote corriendo seria cómico y muy llamativo, y se presentó en casa de sus padres en el momento mismo en que su madre ultimaba la preparación de la mesa.
Siguiendo las recomendaciones paternales, después del yantar el cura Andrés se retiró a dormir la siesta, advirtiendo antes que lo despertaran no más tarde de las seis, pues sobre esa hora esperaba a sus colegas. Echado en la cama, antes de conciliar el sueño, volvió a recordar con nostalgia sus andanzas y travesuras juveniles y fugazmente le aparecía y desaparecía la imagen de Apolonia, se preguntó calladamente por donde andaría ahora, incluso la idealizaba con una vocación similar a la suya y la imaginaba de monja priora, o misionera, después se daba cuenta que por edad era precipitado que eso hubiera podido ocurrir, a lo más quizá fuese postulante en alguna orden o si había elegido la vida seglar no le cabía duda que era una ardiente luchadora de Acción Católica, entre pensamiento y pensamiento se acogió plácidamente a los brazos de Morfeo.
Sobre la hora prevista, llegó en bicicleta el joven cura de Almonacid habiendo recorrió a golpe de pedal los diez kilómetros que distanciaban los dos pueblos. Posteriormente en un calesín apareció el sesentón capellán de Fuentelespino. Como al cura Andrés no era conocido por ninguno de sus dos colegas se llevó a cabo las

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presentaciones de rigor, con su surtido de latinajos y los tres decidieron de que antes de que la luz solar dejara paso a la noche, era conveniente visitar la Iglesia de Santa María Magdalena, conocida en el lugar como la Iglesia Vieja, donde estaba prevista la primera liturgia oficiada por el misacantano en su pueblo. También convinieron en ensayar la ceremonia, así como percatarse de que la sacristía almacenaba el atrezzo necesario y este se encontraba accesible y en condiciones de exhibición.
Ya era noche cerrada cuando concluyeron en sus propósitos y tras cerrar el portalón de la Iglesia encaminaron sus pasos hacia la casa de los padres de Andrés, en donde su madre había preparado exclusivamente para los tres ungidos una tan gustosa como abundante y nutriente cena de la que dieron buena cuenta gozando como canónigos. Después el café de pucherillo, unas copichuelas de mistela, un pitillo “caldo de gallina” para el de Almonacid y medio Faria para el de Fuentelespino. En este momento iniciaron la sobremesa, con los estómagos forzando su labor para digerir las suculentas viandas ingeridas, e iniciaron la rueda de comentarios, cada uno contando sus vivencias sacerdotales y las experiencias vividas en sus lugares de pastoreo, amén de una retahíla de sacros consejos al novato, que los escuchó mostrando el máximo interés, evidentemente no se habló de temas tan recurrentes como la política o el sexo, ninguna de estas dos cosas existían entonces. El sopor de la cena no tardó en hacer efecto y casi al unísono los dos forasteros comenzaron a bostezar, e igualmente de forma gemela pidieron disculpas por querer retirarse a los cuartos que tienen reservados y tantear el abrazo de los mullidos colchones de la casa.
Los hermanos de Andrés para dar hospedaje aquella noche al mini cónclave eclesial, tuvieron que dejar sus camas habituales e irse a dormir a casa de otros parientes, y los padres en un alarde de discreción cenaron solos en la cocinilla y se retiraron de inmediato y silenciosamente a su cuarto.
Andrés solo tuvo que acompañar a sus huéspedes a sus respectivas habitaciones, indicándoles donde se encontraba el bacín, así como señalarles el mejor camino desde la cama hasta el corral para el caso de necesidades de mayor densidad.

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Amaneció el primaveral domingo, con generosidad de Sol y luz, con un aire limpio y transparente que transportaba en suaves brisas las fragancias de toda la campiña en su verdor más intenso.
Tan pronto oyó la madre del cura Andrés ruidos por los cuartos de sus huéspedes, se afanó en prepararles el desayuno en el porche, bajo la tibieza del Sol mañanero, sobre la mesa una jícara de leche de cabra recién hervida en la que flotaba una gruesa capa de nata, una cestilla rebosante de magdalenas amasadas y horneadas por ella misma, un gran frasco de cristal lleno de dulce arrope, un plato con media pieza de ojeroso queso manchego, el pote con café de puchero, y un poco apartado de las viandas principales, como si estuviera allí por casualidad o con timidez, una botella con cazalla y tres pequeñas copas de cristal. Inconscientemente, la mujer en su querer ser obsequiosa no se había salido ni un ápice de lo que un rico hacendado de la Mancha calificaría sin duda como tempranero desayuno-almuerzo tradicional. Cuando lo tuvo todo preparado desapareció del lugar, manteniendo así la misma actitud que en la hora de la cena, dejando solos a sus invitados y murmurando para sus adentros “Seguro que darán buena cuenta, pues aunque la cena haya sido generosa, todos se despiertan en ayunas” ... (ver texto completo)
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Al reagruparse los tres capellanes, observaron la mesa, se miraron entre sí, sin decirse nada, el cura Andrés meneó la cabeza y se fue en busca de su madre, la encontró en su cuarto.
-Madre, estamos todos muy agradecidos por tan gustoso desayuno, pero no has tenido en cuenta que tenemos que consagrar y comulgar, y debemos estar en ayunas hasta ese momento.
- Hay hijo mío, perdona mi torpeza. ¿Que dirán los otros señores curas?
- Tranquila madre que no dicen nada y te repito que están muy agradecidos de tus atenciones, en todo caso guarda lo que puedas por si al terminar la liturgia quieren tomar algo antes de volver a sus parroquias.
Enfundados en sus sotanas más nuevas, abrochados los noventa y nueve botones, puestas al Sol las tres tonsuras, los clérigos iniciaron su paseo por el pueblo camino de la Iglesia Vieja. A los pocos paso el cura Andrés le dice a sus acompañantes.
- Ya que van a estar poco tiempo en el pueblo y para que se hagan una idea de cómo es, aunque creo que diferirá poco de donde tienen ustedes su parroquia, no iremos por el camino más corto y así daremos una pequeña vuelta. ¿Les parece bien?
Sin haber premeditado el recorrido que quería hacer, el padre Andrés fue guiando a sus compañeros zigzagueando por las calles y callejas de la villa, mientras entre ellos se iniciaron conversaciones banales pasando de unos temas a otros con facilidad y sin llegar nunca a conclusiones definitivas.
- ¿Aparecen por sus pueblos esos cómicos trashumantes que unas veces hacen teatro y otras cine?
- Pues si, si que aparecen, como una de las siete plagas bíblicas, la gente acude mas a ver sus payasadas, y digo payasadas por no decir otra palabra malsonante, que a los cultos. Ahora que yo, con la ayuda de Nuestro Señor, pongo coto a sus libertinajes, si lo que quieren hacer es teatro, en cuanto llegan al pueblo les mando recado con el pregonero de que me enseñen el libreto y el vestuario de las mujeres, y si es cine me tienen que pasar en el corral de la rectoría la película entera, y si barrunto algo obsceno, pues me reúno con el alcalde y se suspende la función, que pecados ya se cometen suficientemente sin las incitaciones de esas mal llamadas obras de arte que mas parecen cosa del diablo que de personas cristianas.
- Pero padre, en Madrid todo eso lo ha visto la censura y si se hecha en el cine o se representa en el teatro es por que se ha suprimido todo lo pecaminoso, a ver si vamos a ser nosotros mas papistas que el Papa.
- En Madrid hay muy libertinaje, padre, y nosotros debemos procurar que no llegue a nuestros pueblos la depravación.
En estas conversaciones estaban los tres curas, cuando Andrés se dio cuenta de que se acercaba, sin haber tenido intención previa de pasar por allí, a la puerta principal de la casa de los padres de Apolonia, en ese instante sus oídos se asordaron a lo que
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conversaban sus dos colegas, y sus otros sentidos se embotaron, quedándole solo la capacidad para los recuerdos infantiles, y entre ellos avasallaba las veces que en compañía o de la mano de la niña Apolonia había entrado por aquellas portadas, saliendo unas veces con la rica merienda que consumían juntos, otras en los ratos de estancia en los porches de la corrala leyendo juntos la escasa literatura infantil que llegaba a sus manos, o las conversaciones y juegos propios de su edad y que siempre compartían ¿Que habrá sido de Apolonia
- ¡Padre! … ¡Padre!.... que parece usted dormido – Le interpeló al cura Andrés uno de sus compañeros de caminata.
- Cierto … durante unos segundos me he quedado como transpuesto, posiblemente serán los nervios de la ceremonia – Contestó espabilándose el cura Andrés y unos segundos después avisó.
- Bueno ya que hemos llegado a la que el pueblo llama la Iglesia Vieja en realidad está consagrada a Santa María Magdalena, como ven es un hermoso edificio de estilo medieval poco definido, pero esplendido en su construcción a base de enormes sillares pétreos. Cuando entren comprobaran que el templo propiamente dicho está medio en ruinas y no hay indicio de que se restaure, la torre en su tiempo debió ser de las mas esbeltas de la comarca y ahora tiene riesgo de desmoronarse, pero no tengan ningún temor que el maestro de obras del pueblo me dice que el obispado mandó un arquitecto no hace mucho y aseguró que no hay riesgo de hundimiento de la bóveda, al menos de momento.
Abrió la puerta, pasaron bajo su trabajado atrio, ahora con adorno floral gracias al buen hacer de los jóvenes del pueblo, su interior estaba iluminado por la intensa luz que se filtraba por las vidrieras que aun se conservaban con representaciones originales a base de emplomados, otras el tiempo y la desgana hicieron que devinieran en opacas o simplemente material translucido. En todo su interior se había sustituido la austeridad del gótico o románico, por la escayola churrigueresca de los siglos XVII y XVIII.
Encendieron entre los tres bajo la falsa bóveda de escayola superpuesta a la original, las velas rituales del altar mayor, así como las luminarias y candiles de alguna que otra ara menor dedicada a santos varones o vírgenes cuyas imagines donaron en tiempos pasados próceres y caciques, que pensaban mas en su propia vanidad, que en los bienes que acarrearía a los fieles el culto que les podían dedicar.
Dentro de la sacristía abrieron cofres de arcaica madera y encontraron en los mismo los ancestrales ornamentos que precisaban para la ceremonia que tenían que compartir.
Sin ayuda de ningún acólito iniciaron con parsimonia su vestimenta con los ropajes sagrados y sobre sus sotanas fueron colocándose, cíngulos, estolas, albas y casullas. De un estante acristalado seleccionaron entre los pocos objetos de culta que en ella había el cáliz de mayor tamaño, lo bruñeron un poco para quitarle polvo y pátina, intentando con escaso éxito que fulgurara como cuando lo fabricó siglos atrás orfebre anónimo. El incensario, la patena y demás elementos de celebración del sacro rito también fueron fácilmente localizados y accesibles. En estos menesteres se hizo ya la hora acordada para el inicio de la misa cantada y concelebrada. Se asomó uno los tres curas desde la puerta de la sacristía a la nave del templo y la vieron llena, hombres a un lado, mujeres a otro, como no disponían de campanario para avisar el inicio, les hizo discretas señas al pregonero sentado junto al alcalde y secretario municipal, en el extremo exterior de la

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primera fila de bancos, se acercó este y le pidió que hiciera sonar la rueda de campanillas que había junto a la puerta de la sacristía. Así lo hizo el buen hombre, y tras el toque multi-campanil aparecieron en fila india los tres sacerdotes, el primero portaba el incensario, seguía Andrés con el cáliz y patena y se cerraba el desfile con el tercer consagrante portando el voluminoso libro de los Santos Evangelios que colocó a la derecha del altar.
El acordeonista, como la divinidad le dio a entender, adaptó su sapiencia tanguera a música sacra, el caso es que las notas que salían del acordeón rebotando por los muros y columnas de la pétrea nave no añadían ni quitaban emoción alguna al acto, ya que la asistencia al mismo, para la mayoría de los asistentes, estaba en ver como se desenvolvía el nuevo cura, a mayores, por ser el misacantano hijo del pueblo.
La misa se desarrolló con el respeto a toda la liturgia más dogmática, los cánticos de los tres celebrantes no fueron precisamente un recital de opera, pues sus canoras invocaciones en latín con música a destiempo, fue todo un espectáculo disonante digno de haberlo descrito Valle Inclán en uno de sus esperpentos.
Pero la cosa acabó a gusto de lo presentes, que agradecieron el espectáculo ritual, especialmente la parte final del mismo, cuando el cura Andrés se despojó de su casulla, y se dirigió a la butaca colocada delante del altar mayor y de espaldas al mismo, se sentó y apoyó sus brazos sobre los del sillón dejando caer sus manos al vacío para que seguidamente los fieles asistentes que lo desearan se acercaran hasta él por el pasillo central, y arrodillándose las besaran en señal de reconocimiento de su santo ministerio y obediencia a sus enseñas y mandatos. El protocolo local exigía que fueran los hombres quienes primero ... (ver texto completo)
próximos, se acercaron seguidamente las féminas, más arraigadas a las ceremonias de la tradición católica, acudieron casi en tropel, unas guiadas por sus miedos, otras por su devoción, algunas jóvenes en edad de merecer para curiosear y olisquear a aquel santo varón de tan buena planta, apenadas por el despilfarrado que suponía perder tan brioso ejemplar sacrificado por unos votos de celibato perpetuo.
Esta ultima parte de la ceremonia se aprovechó para la financiación de las necesidades parroquiales, ... (ver texto completo)
-Andrés, hijo, en la puerta está Manuel, el joven que trabaja en la fábrica de harinas y que el otro día te dije que se casaba muy pronto con una moza del pueblo.
-Por favor madre acompáñalos hasta aquí, mientras me abotono la sotana y si no te causa mucho trastorno prepara un café o una copita de mistela, lo que te parezca.
-Buenas tardes don Andrés, esperamos haber sido puntuales y no causar molestia.
-Adelante, adelante, por favor toma asiento. Eres joven y me atrevo a tutearte ¿Me lo permites?.
-No ... (ver texto completo)