La Severa era un registro civil andante, se acordaba de cuándo era el cumpleaños de todo el mundo, porque se acordaba de los partos y sabía quién era pariente de quién, por muy lejano que fuera el parentesco. Un día, siendo yo chico, bajaba del muro con otro niño que había conocido en la vaca y ella nos saludó y nos dijo que éramos primos y nos lo explicó: resultó que éramos primos quintos, o sea, que la madre de su tatarabuelo y el padre de mi tatarabuelo eran hermanos.