La primera ley, aunque es buena, pero, como arriba está dicho, es poco eficaz cuando lo que se avisa es ajeno de lo que apetece el que recibe el aviso, como lo es en nosotros por razón de nuestra maldad. Mas la segunda ley es en grande manera eficaz, y ésta pone Cristo con la gracia en nuestra alma. Porque por medio de ella escribe en la voluntad de cada uno con amor y afición aquello mismo que las leyes primeras escriben en los papeles con tinta, y de los libros de pergamino y de las tablas de piedra ... (ver texto completo)
Porque, como ya hemos dicho, se debe entender que esto que llamamos «o ley o dar ley» puede acontecer en dos diferentes maneras. Una es la ordinaria y usada, que vemos que consiste en decir y señalar a los hombres lo que les conviene hacer o no hacer, escribiendo con pública autoridad mandamientos y ordenaciones de ello, y pregonándolas públicamente. Otra es que consiste no tanto en aviso como en inclinación, que se hace, no diciendo ni mandando lo bueno, sino imprimiendo deseo y gusto de ello. Porque el tener uno inclinación y prontitud para alguna otra cosa que le conviene, es ley suya de aquel que está en aquella manera inclinado, y así la llama la filosofía, porque es lo que le gobierna la vida, y lo que le induce a lo que le es conveniente, y lo que le endereza por el camino de su provecho, que todas son obras propias de ley. Así, es ley de la tierra la inclinación que tiene a hacer asiento en el centro, y del fuego el apetecer lo subido y lo alto, y de todas las criaturas sus leyes son aquello mismo a que las lleva su naturaleza propia. ... (ver texto completo)
Y porque, como dijimos, entrando la gracia en el alma y asentándose en ella, adonde primero prende es en la voluntad, y porque en Dios la voluntad es la misma ley de todo lo justo (y eso es bien, lo que Dios quiere, y solamente quiere aquello que es bueno), por eso, lo primero que en la voluntad la gracia hace es hacer de ella una ley eficaz para el bien, no diciéndole lo que es bueno, sino inclinándola y como enamorándola de ello.
De arte que la gracia es una como deidad y una como figura viva del mismo Cristo, que, puesta en el alma, se lanza en ella y la deifica, y, si se va a decir verdad, es el alma del alma. Porque, así como mi alma, abrazada a mi cuerpo y extendiéndose por todo él, siendo caedizo y de tierra, y de suyo cosa pesadísima y torpe, le levanta en pie y le menea, y le da aliento y espíritu, y así le enciende en calor que le hace como una llama de fuego y le da las condiciones del fuego, de manera que la tierra ... (ver texto completo)
Porque todo aquello es natural y nacido por la ley natural, mas ésta es sobre todo lo que la naturaleza puede y produce. En aquella manera nacen las cosas con lo que les es natural y propio, y como debido a su estado y a su condición, mas lo que la gracia da, por ninguna manera puede ser natural a ninguna sustancia criada, porque, como digo, traspasa sobre todas ellas, y es como un retrato de lo más propio de Dios, y cosa que le retrae y remedia mucho, lo cual no puede ser natural sino a Dios.
Y diciendo esto Marcelo, puso los ojos en el agua, que iba sosegada y pura, y relucían en ella como en espejo todas las estrellas y hermosura del cielo, y parecía como otro cielo sembrado de hermosos luceros; y, alargando la mano hacia ella, y como mostrándola, dijo luego así:
-Esto mismo que ahora aquí vemos en esta agua, que parece como un otro cielo estrellado, en parte nos sirve de ejemplo para conocer la condición de la gracia. Porque así como la imagen del cielo recibida en el agua, que es ... (ver texto completo)
Porque, a la verdad, como muestra bien Platón en el segundo Alcibiades, a los que tienen dañada la voluntad, o no bien aficionada acerca del fin último y acerca de aquello que es lo mejor, la ignorancia les es útil las más de las veces y el saber peligroso y dañoso; porque no les sirve de freno para que no se arrojen al mal -porque sobrepuja sobre todo el desenfrenamiento, y, como si dijésemos, el desbocamiento de su voluntad estragada-, sino antes les es ocasión, unas veces para que pequen más sin disculpa, y otras para que de hecho pequen los que sin aquella luz no pecaran. Porque, por su grande maldad, que la tienen ya como embebida en las venas, usan de la luz, no para encaminar sus pasos bien, sino para hallar medios e ingenios para traer a ejecución sus perversos deseos más fácilmente; y, aprovéchanse de la luz y del ingenio, no para lo que ello es, para guía del bien, sino para adalid o para ingeniero del mal, y, por ser más agudos y más sabios, vienen a corromperse más y a hacerse peores. De lo cual todo resulta que sin la gracia no hay paz ni salud, y que la gracia es obra nacida del merecimiento de Cristo.
Mas porque esto es claro y ciertísimo, veamos ahora qué cosa es gracia o qué fuerza es la suya, y en que manera, sanando la voluntad, cría paz en todo el hombre interior y exterior. ... (ver texto completo)
Lo cual es en tanta manera verdad (no sólo que Cristo es el que nos da esta medicina eficaz de la gracia, sino que sola ella es la que nos puede sanar enteramente, y que los demás medios de luz y ejercicios de vida jamás nos sanaron), que muchas veces aconteció que la luz que alumbraba el entendimiento, y las leyes que le eran como antorcha para descubrirle el camino justo, no sólo no remediaron el mal de los hombres, mas antes, por la disposición de ellos mala, les acarrearon daño y enfermedad notablemente ... (ver texto completo)
Como si en más palabras dijera: Esto, que es hacer leyes y dar luz con mandamientos al entendimiento del hombre, Moisés lo hizo, y muchos otros legisladores y sabios lo intentaron hacer, y en parte lo hicieron; y aunque Cristo también en esta parte sobró a todos ellos con más ciertas y más puras leyes que hizo, pero lo que puede enteramente sanar al hombre, y lo que es sola y propia obra de Cristo, no es eso -que muy bien se compadecen entendimiento claro y voluntad perversa, razón desengañada y ... (ver texto completo)
Y porque los que pusieron leyes para alumbrar nuestro error mejoraban la razón solamente, y los que ordenaron la dieta corporal, vedando y concediendo manjares, templaban solamente lo dañado del cuerpo, y la fuente del desconcierto del hombre y de estas desórdenes todas no tenía asiento ni en la razón ni en el cuerpo, sino, como hemos dicho, en la voluntad maltratada, como no atajaban la fuente ni atinaban ni podían atinar a poner medicina en esta podrida raíz, por eso careció su trabajo del fruto ... (ver texto completo)
Y con esto, que es cierto, habéis también de entender que de estos tres males y daños, el de la voluntad es como la raíz y el principio de todos. Porque, como en el primer hombre se ve, que fue el autor de estos males, y el primero en quien ellos hicieron prueba y experiencia de sí mismos, el daño de la voluntad fue el primero; y de allí se extendió, cundiendo la pestilencia, al entendimiento y al cuerpo. Porque Adán no pecó porque primero se desordenase el sentido en él, ni porque la carne, con su ardor violento llevase en pos de sí la razón, ni pecó por haberse cegado primero su entendimiento con algún grave error, que, como dice San Pablo, en aquel artículo no fue engañado el varón, sino pecó porque quiso lisamente pecar, esto es, porque abriendo de buena gana las puertas de su voluntad, recibió en ella el espíritu del demonio, y, dándole a él asiento, la sacó a ella de la obediencia de Dios y de su santa orden y de la luz y favor de su gracia. Y hecho una por una este daño, luego de él le nació en el cuerpo desorden y en la razón ceguedad. Así que la fuente de la desventura y guerra común es la voluntad dañada y como emponzoñada con esta maldad primera. ... (ver texto completo)
Tales fueron los filósofos indios, y muchos sabios de los bárbaros siguieron por este camino. Y en las leyes de Moisés algunas de ellas se ordenaron para esto también. Mas ni los unos ni los otros salieron con su pretensión, porque, puesto caso que estas cosas sobredichas todas ellas son útiles para conseguir este fin de paz que decimos, y algunas de ellas muy necesarias, mas ninguna de ellas, ni juntas todas, no son bastantes ni poderosas para criar en el alma esta paz enteramente, ni para desterrar ... (ver texto completo)
Otros, considerando la fuerza que en nosotros tiene la carne y la sangre, y la violencia grande de sus movimientos, persuadiéronse que de la compostura y complexión del cuerpo manaban, como de fuente, la destemplanza y turbaciones del alma, y que se podría atajar este mal con sólo cortar esta fuente. Y porque el cuerpo se ceba y se sustenta con lo que se come, tuvieron por cierto que, con poner en ello orden y tasa, se reduciría a buen orden el alma, y se conservaría siempre en paz y salud. Y así ... (ver texto completo)
La otra cosa es que ninguno jamás, aunque lo pretendieron muchos, pudo dar este bien a los hombres sino Cristo y su ley. Por Manera que no solamente es obra suya esta paz, mas obra que Él sólo la supo hacer, que es la causa por donde es llamado su príncipe. Porque unos, atendiendo a nuestro poco saber, e imaginando que el desorden de nuestra vida nacía solamente de la ignorancia, parecióles que el remedio era desterrar de nuestro entendimiento las tinieblas del error, y así pusieron su cuidado y ... (ver texto completo)
Mas dejando esto aquí, averigüemos ahora y veamos -que ya el tiempo lo pide- qué hizo Cristo para poner el reino de nuestras almas en paz, y por dónde es llamado príncipe de ella. Que decir que es príncipe de esta obra, es decir no sólo que Él la hace, mas que es sólo Él que la puede hacer, y que es el que se aventaja entre todos aquellos que han pretendido el hacer este bien, lo cual ciertamente han pretendido muchos, pero no les ha sucedido a ninguno. Y así hemos de asentar por muy ciertas dos ... (ver texto completo)