¡Oh, cómo es la luz de la verdad, y cómo ella misma se dice y defiende, y sube en alto y resplandece, y se pone en lugar seguro y libre de contradicción! ¿No veis con cuán simples y breves palabras la pura verdad se concluye? Que torno a decirlo otra y tercera vez. Si Cristo no fue error del demonio, de necesidad se concluye que fue luz y verdad de Dios, porque entre ello no hay medio. Y si Cristo destruyó el ser y saber y poder del demonio, como de hecho le destruyó, evidente es que no fue ministro ... (ver texto completo)
Por manera que Cristo, o es brazo de Dios, o es poder del demonio; y no es poder del demonio, como es evidente, porque deshace y arruina el poder del demonio; luego, evidentemente, es brazo de Dios.
Y lo que pasó entonces en toda la redondez del orbe romano pasó en la edad de nuestros padres y pasa ahora en la nuestra, y por vista de ojos lo vemos en el mundo nuevamente hallado; en el cual, desplegando por él su victoriosa bandera, la palabra del Evangelio destierra por doquiera que pasa la adoración de los ídolos.
Pues siendo esto así, como es, si fuere evidente que no los hizo el poder del demonio, quedará convencido que Dios los obró. Y es evidente que no los hizo el demonio; porque por ellos, como todas las gentes lo vieron, fue destruido el demonio, y su poder, y el señorío que tenía en el mundo, derrocándole los hombres sus templos y negándole el culto y servicio que le daban antes, y blasfemando de él.
Evidente es esto, sin duda; porque aquellas obras maravillosas que las historias de los mismos infieles publican, y la conversión de toda la gentilidad, que es notoria a todos ellos y fue la más milagrosa obra de todas, así que, estas maravillas y milagros tan grandes necesaria cosa es decir que fueron, o falsos, o verdaderos milagros; y, si falsos, que los hizo el demonio, y, si verdaderos, que los obró Dios.
Porque ruégoos, Juliano y Sabino, que me digáis (y si mi ingenio por su flaqueza no pasa adelante, tended vosotros la vista aguda de los vuestros, quizá veréis más); así que decidme: hablando ahora de Cristo y de las cosas y obras suyas que a todas las gentes, así fieles como infieles, fueron notorias, así las que hizo Él por sí en su vida, como las que hicieron sus discípulos de Él después de su muerte, decidme: ¿No es evidente a todo entendimiento, por más ciego que sea, que aquello se hizo por ... (ver texto completo)
Yo persuadido estoy para mí (y téngolo por cosa evidente), que sola esta conversión del mundo, considerada como se debe, pone la verdad de nuestra Religión fuera de toda duda y cuestión, y hace argumento por ella tan necesario, que no deja respuesta a ninguna infidelidad, por aguda y maliciosa que sea, sino que, por más que se aguce y esfuerce, la doma y la ata y la convence, y es argumento breve y clarísimo, y que se compone todo él de lo que toca al sentido.
¿Qué victoria, aunque junten en uno todo lo próspero en armas y lo victorioso y valeroso que ha habido, traída con esta victoria a comparación, tiene ser? ¿Qué triunfo o qué carro vio el sol que iguale con éste? ¿Qué color les queda ya a los miserables, o qué apariencia para perseverar en su error?
Pues vengan, y dígannos si les parece este hecho pequeño o usado o visto otra vez, o siquiera imaginado como posible el poder de este hecho antes que por el hecho se viese. Dígannos si responde mejor con las promesas divinas, y si las hinche más este vencimiento, y si es más digno de Dios que las armas que fantasea su desatino.
Vengan ahora, pues, los que se ceban de sólo aquello que el sentido aprende, y los que, esclavos de la letra muerta, esperan batallas y triunfos y señoríos de la tierra, porque algunas palabras lo suenan así. Y si no quieren creer la victoria secreta y espiritual y la redención de las almas (que servían a la maldad y al demonio), que obró Cristo en la cruz, porque no se ve con los ojos y porque ni ellos para verlo tienen los ojos de fe que son menester; esto, a lo menos, que pasó y pasa públicamente ... (ver texto completo)
Porque siempre los enemigos de la Iglesia ejecutaron su crueldad contra ella, y quitaron a los fieles, cuantas veces quisieron, las vidas, y pisaron victoriosos sobre la sangre cristiana; mas también aconteció siempre que, cayendo los mártires, venían al suelo los ídolos y se consumían los martirizadores gentiles; y, multiplicándose con la muerte de los unos la fe de los otros, se levantaban y acrecentaban los fieles, hasta que vino a reinar en todos la fe.
Adonde, como veis, no se dice que había de poner otro alguno las manos en ellos para darles la muerte, sino que ellos de suyo se habían de consumir y secar y venir a menos, como acontece a los éticos; y que habían de venir a caerse de suyo, y esto, al parecer, no derrocados por otros, sino estando levantados y sobre sus pies.
Y venciendo siempre, a lo que parecía, nuestros enemigos, quedaron, no sólo vencidos, sino consumidos del todo y deshechos, como lo dice por hermosa manera Zacarías, profeta: «Y será éste el azote con que herirá el Señor a todas las gentes que tomaren armas contra Jerusalén; la carne de cada uno, estando él levantado y sobre sus pies, deshecha se consumirá; y también sus ojos, dentro de sus cuencas sumidos, serán hechos marchitos, y secaráseles la lengua dentro de la boca.»
. Y no les embotó las espadas, como pudiera, ni se las quitó de las manos, ni hizo a los suyos con cuerpos no penetrables al hierro, como dicen de Aquiles, sino antes se los puso, como suelen decir, en las uñas, y les permitió que ejecutasen en ellos toda su crueza y fiereza; y, lo que vence a toda razón, muriendo los fieles, y los infieles dándoles muerte, diciendo los infieles «matemos», y los fieles diciendo «muramos», pereció totalmente la infidelidad y creció la fe y se extendió cuanto es grande la tierra. ... (ver texto completo)
Cuando caían en el suelo degollados nuestros maestros, se levantaban nuevos discípulos; y la tierra, cobrando virtud de su sangre, producía nuevos frutos de fe; y el temor y la muerte, que espanta naturalmente y aparta, atraía y acodiciaba a las gentes a la fe de la Iglesia. Y, como Cristo muriendo venció, así, para mostrarse brazo y valentía verdadera de Dios, ordenó que hiciese alarde el demonio de todos sus miembros, y que los encendiese en crueldad cuanto quisiese, armándolos con hierro y con ... (ver texto completo)