Cuántas generaciones de dezanos se han postrado a los pies de este crucifijo tan peculiar. El
color de su talla está oscurecido por el humo de las velas, testigo de la devoción del
pueblo que lo eligió por patrono. Cuánta fé, cuánta esperanza y cuántas lágrimas al implorar la
lluvia, sanar de una enfermedad, cuidar del hijo que se va a la
mili o que se
casa en su camarín. Cuánta alegría en su
fiesta y como le damos gracias cuando salen las cosas bien. Es el símbolo de
deza y lo primero que vemos
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