Quienes pasamos de los cincuenta recordamos aquellos días de toros, espectáculo que esperábamos durante todo el año, porque entonces eran muy pocas las maneras de romper la monotonía cuotidiana o que quizás ya, desde niños, sentíamos esa ancestral atracción que siempre ha tenido el hombre hacia el toro y el fuego. Cuando el ayuntamiento enviaba a quienes los iban a “ajustar”, ya comenzaba a provocarnos “el gusanillo” esperando día de la corrida. Venían de las ganaderías de Checa (Guadalajara) o de ... (ver texto completo)