Hubo unos cazadores por Deza que perdieron un perro o lo dejaron abandonado (vete a saber) y andaba vagabundo por el pueblo viviendo como podía. El caso es que huía de la gente seguramente porque le pegaban, lo mismo que al lobo de Gubia que con tanta maestría nos relata Rubén Darío en una de sus bellas poesías. El caso es que mi padre cuidaba una perra de un yerno que estaba de vacaciones por el pueblo y la tenía encerrada al estar "salida", por miedo a que la "cubrieran". No querían descendencia,
... (ver texto completo)
Es cierto, abuelo, que a muchos animales se les llega a querer tanto que su pérdida a veces supone una catarsis que no se podrá borrar nunca. De mis años en
Deza recuerdo a mi perra, Marquesa, una sabuesa de grandes orejas, de pelaje
color canela y estilizado cuerpo, con quien pasé muchos ratos agradables. Desde que una
noche de
invierno la trajo mi padre a
casa, sentí un especial afecto por aquel cachorrillo que hizo que me sintiera su protector. Contribuí a criarla y, en poco tiempo, se convirtió
... (ver texto completo)