En una mañana calurosa de
verano, a lo lejos, en el cuadrado amarillento que en una pequeña loma describe el rastrojo del trigo segado, como si fuese un dibujo hecho con tiralineas, se divisa la figura de un hombre, embelesado en su tarea, cubierto por un sombrero de paja y como atuendo una camisa clara de manga larga y bien abrochada, y un pantalón oscuro, y calzado con unas albarcas, que dejan parte del pie desprotejido, donde se acumulan arañazos y pequeñas heridas de los pinchazos de las cañas
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