ANÉCDOTAS… (Capítulo 2)
“ MI ENCUENTRO CON LA BELLA CARACAS “
Una vez que salimos de lo que es, exactamente, el muelle del Puerto de La Guaira, rumbo a Caracas, mi primera y decepcionante impresión, causada por aquella imagen de los cerros invadidos por ranchos, se fue desvaneciendo poco a poco. Como también sentía que se desvanecía todo mi cuerpo, producto del intenso calor, propio de esa zona; más aún considerando que para nosotros fue un salto del “frío de febrero, en España, al caluroso marzo, en Venezuela”. Me tranquilizaba el hecho de haber oído a mi papá comentar que el pueblo donde íbamos a vivir, Guanare, era muy acogedor y además la idea de que “todos los jimenatos” viviríamos allí, me reconfortaba.
Por otra parte, y a medida que recorríamos al pueblo de La Guaira, me resultaba muy agradable lo que mis ojos veían. Mi padre nos iba señalando todo lo que creía nos gustaría: pintorescas calles y casas marcadas con las huellas del imperio español, entre éllas sobresalía una construcción, de estilo totalmente colonial, que más adelante supe sobre su historia: había sido el importante centro de negocios, de la no menos famosa “Compañía Güipuzcoana”, responsable ésta de todo lo concerniente al intercambio comercial, entre Europa, especialmente España y la floreciente América, durante la época de la colonia. En todo ese recorrido por el pueblo de La Guaira, lo que realmente me encantó fue contemplar aquel paisaje lleno de sol, donde tal parecía que las verdes y exuberantes montañas, deseosas por beberse la blanca espuma del mar, bajaban y suavemente se deslizaban hasta casi mezclarse con la fina arena, quien amorosa y pacientemente esperaba a las inquietas olas para, una vez más, realizar su eterno intercambio. ¡PAISAJE PARADISIACO!. Supongo que a los conquistadores españoles, esa imagen debió enamorarlos a primera vista. En este trayecto pude observar también, cómo se mezclaba lo más sencillo con lo más sofisticado: desde las humildes y típicas ventas de pescado, hasta el, para entonces, moderno hotel Macuto Sheraton.
Hago un paréntesis aquí, para complementar la ilustración: esta zona del litoral venezolano, posteriormente fue desarrollándose turísticamente, llegando a contar, para los años 70-80, con balnearios, clubes, hoteles y demás instalaciones turísticas, de excelente calidad, incluso, en sus zonas adyacentes se construyeron urbanismos, que se convirtieron en la zona vacacional del “jet set”, no había famoso (a) que no tuviese su vivienda playera por aquellos lares. Lamentablemente, llegaron los años 90, y para Venezuela esta década no fue muy buena, pues entre otras cosas, sucedió la gran tragedia del deslave en toda esa zona del litoral, desapareciendo, prácticamente, todos aquellos urbanismos preciosos, instalaciones de hoteles, clubes, vialidad, y lo que es más triste: miles de personas. En fin, sin querer ahondar en este tema, solo diré que desde entonces, esa zona nunca se terminó de “levantar”, y la pregunta al respecto es ¿dónde irían a parar los miles de millones que aportaron los países para su nueva construcción?. Añado que, para esa fecha, ya gobernaba el “ poderoso comandante Hugo Chávez”.
Volviendo a la razón de mi relato, continúo: Dejábamos atrás el pueblo de La Guaira y comenzamos a “subir” por una moderna, para ese entonces, autopista (es la que aún se usa). El trayecto a través de élla, se me hizo rápido, Lo más cierto es que iba bastante entretenida, mientras observaba cómo, a medida que subíamos por la autopista se podía contemplar el inmenso mar caribeño, incluso se veía el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, cuando prontamente se dejó oir la voz de mi papá diciéndonos que ya casi estábamos llegando a Caracas.
Nuevamente se dejaban ver algunos cerros llenos de ranchos, según la explicación de mi padre, eso se debía a que esa zona era una de las más pobres de Caracas. Lamentablemente, y a pesar de los muchos años que han transcurrido desde entonces, (46 años), esa deplorable imagen sigue siendo la misma; y aunque puedo entender que en casi todas las grandes ciudades existen los llamados “cinturones marginales”, no comprendo cómo, países que han tenido épocas de ultrabonanza, sus gobernantes no hayan hecho nada para cambiar, en primer lugar, la calidad de vida de los habitantes de esas zonas marginales, y en segundo lugar, para brindarle al visitante una imagen mucho más agradable y así pueda sentirse realmente “Bienvenido”.
Retomo el punto. Apenas habíamos recorrido unos cuantos metros, cuando de pronto… ¡QUÉ BELLEZA!...
¡Ahí estaba… la llamada “Sultana del Ávila”:, “La ciudad de los techos rojos”: la bella Caracas...!, extendida sobre un hermoso valle y teniendo como fondo, cual si fuese un espectacular mural, la majestuosa montaña El Ávila, o como también le llaman, Waraira Repano (su nombre indígena); de cualquier manera, se trata del frondoso pulmón vegetal, lleno de misterio e historias, decretado como Parque Nacional.
“ MI ENCUENTRO CON LA BELLA CARACAS “
Una vez que salimos de lo que es, exactamente, el muelle del Puerto de La Guaira, rumbo a Caracas, mi primera y decepcionante impresión, causada por aquella imagen de los cerros invadidos por ranchos, se fue desvaneciendo poco a poco. Como también sentía que se desvanecía todo mi cuerpo, producto del intenso calor, propio de esa zona; más aún considerando que para nosotros fue un salto del “frío de febrero, en España, al caluroso marzo, en Venezuela”. Me tranquilizaba el hecho de haber oído a mi papá comentar que el pueblo donde íbamos a vivir, Guanare, era muy acogedor y además la idea de que “todos los jimenatos” viviríamos allí, me reconfortaba.
Por otra parte, y a medida que recorríamos al pueblo de La Guaira, me resultaba muy agradable lo que mis ojos veían. Mi padre nos iba señalando todo lo que creía nos gustaría: pintorescas calles y casas marcadas con las huellas del imperio español, entre éllas sobresalía una construcción, de estilo totalmente colonial, que más adelante supe sobre su historia: había sido el importante centro de negocios, de la no menos famosa “Compañía Güipuzcoana”, responsable ésta de todo lo concerniente al intercambio comercial, entre Europa, especialmente España y la floreciente América, durante la época de la colonia. En todo ese recorrido por el pueblo de La Guaira, lo que realmente me encantó fue contemplar aquel paisaje lleno de sol, donde tal parecía que las verdes y exuberantes montañas, deseosas por beberse la blanca espuma del mar, bajaban y suavemente se deslizaban hasta casi mezclarse con la fina arena, quien amorosa y pacientemente esperaba a las inquietas olas para, una vez más, realizar su eterno intercambio. ¡PAISAJE PARADISIACO!. Supongo que a los conquistadores españoles, esa imagen debió enamorarlos a primera vista. En este trayecto pude observar también, cómo se mezclaba lo más sencillo con lo más sofisticado: desde las humildes y típicas ventas de pescado, hasta el, para entonces, moderno hotel Macuto Sheraton.
Hago un paréntesis aquí, para complementar la ilustración: esta zona del litoral venezolano, posteriormente fue desarrollándose turísticamente, llegando a contar, para los años 70-80, con balnearios, clubes, hoteles y demás instalaciones turísticas, de excelente calidad, incluso, en sus zonas adyacentes se construyeron urbanismos, que se convirtieron en la zona vacacional del “jet set”, no había famoso (a) que no tuviese su vivienda playera por aquellos lares. Lamentablemente, llegaron los años 90, y para Venezuela esta década no fue muy buena, pues entre otras cosas, sucedió la gran tragedia del deslave en toda esa zona del litoral, desapareciendo, prácticamente, todos aquellos urbanismos preciosos, instalaciones de hoteles, clubes, vialidad, y lo que es más triste: miles de personas. En fin, sin querer ahondar en este tema, solo diré que desde entonces, esa zona nunca se terminó de “levantar”, y la pregunta al respecto es ¿dónde irían a parar los miles de millones que aportaron los países para su nueva construcción?. Añado que, para esa fecha, ya gobernaba el “ poderoso comandante Hugo Chávez”.
Volviendo a la razón de mi relato, continúo: Dejábamos atrás el pueblo de La Guaira y comenzamos a “subir” por una moderna, para ese entonces, autopista (es la que aún se usa). El trayecto a través de élla, se me hizo rápido, Lo más cierto es que iba bastante entretenida, mientras observaba cómo, a medida que subíamos por la autopista se podía contemplar el inmenso mar caribeño, incluso se veía el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, cuando prontamente se dejó oir la voz de mi papá diciéndonos que ya casi estábamos llegando a Caracas.
Nuevamente se dejaban ver algunos cerros llenos de ranchos, según la explicación de mi padre, eso se debía a que esa zona era una de las más pobres de Caracas. Lamentablemente, y a pesar de los muchos años que han transcurrido desde entonces, (46 años), esa deplorable imagen sigue siendo la misma; y aunque puedo entender que en casi todas las grandes ciudades existen los llamados “cinturones marginales”, no comprendo cómo, países que han tenido épocas de ultrabonanza, sus gobernantes no hayan hecho nada para cambiar, en primer lugar, la calidad de vida de los habitantes de esas zonas marginales, y en segundo lugar, para brindarle al visitante una imagen mucho más agradable y así pueda sentirse realmente “Bienvenido”.
Retomo el punto. Apenas habíamos recorrido unos cuantos metros, cuando de pronto… ¡QUÉ BELLEZA!...
¡Ahí estaba… la llamada “Sultana del Ávila”:, “La ciudad de los techos rojos”: la bella Caracas...!, extendida sobre un hermoso valle y teniendo como fondo, cual si fuese un espectacular mural, la majestuosa montaña El Ávila, o como también le llaman, Waraira Repano (su nombre indígena); de cualquier manera, se trata del frondoso pulmón vegetal, lleno de misterio e historias, decretado como Parque Nacional.