No es la
Naturaleza la que llena de vida
la aridez de los
campos ni la aparente leña.
Es, sin duda, el amor, el canto a la belleza de las cosas,
el termómetro exacto de la razón suprema.
Ese ficticio ciclo que inventamos de la vida y la muerte
se rompe ante el sublime y constante equilibrio
de la esfera celeste,
Y vamos de pregunta en pregunta de un bonsai al firmamento,
desde la diminuta hoja al
reloj de los tiempos
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