En la década de los 90, en las
calles de una gran ciudad, vivía un niño llamado Dante. No tenía
casa, pero tenía un "tesoro": un trozo de tiza blanca que guardaba en el bolsillo de su pantalón raído. Mientras otros niños usaban la tiza para jugar a la rayuela en los
parques, Dante la usaba para algo distinto.
Cada
noche, antes de dormir sobre unos cartones bajo el
puente, Dante dibujaba una
puerta en la
columna de cemento. No era una puerta cualquiera; tenía un pomo redondo y un felpudo que decía
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