Todos lo conocían como Janek, aunque nadie sabía su apellido.
Vivía en la
calle desde hacía más de diez años. Su ropa era una mezcla de prendas olvidadas, su barba larga parecía llevar historias, y su carrito de supermercado, lleno de objetos sin lógica aparente, parecía una versión triste de un
museo callejero.
Pero lo que lo hacía único era lo que llevaba colgado al cuello:
Un nariz de payaso.
Cada martes y jueves, Janek caminaba más de cinco kilómetros hasta el
Hospital Infantil de Varsovia.
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