Según la leyenda, en un
monasterio había un abad muy generoso. Jamás negaba
alojamiento a nadie y siempre daba todo lo que tenía. Lo extraño del caso es que cuanto más daba, más próspero se volvía el monasterio.
Al morir el viejo abad, fue sustituido por otro de
naturaleza totalmente opuesta. Era mezquino y muy poco generoso. Un día llegó un anciano al monasterio pidiendo alojamiento. Le contó al nuevo abad, que años atrás ya le habían acogido por una
noche. El abad se negó a alojarlo, alegando
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