En las afueras de la ciudad, donde el humo de las
chimeneas industriales se mezclaba con la bruma del
amanecer, Elias se detuvo frente al portón de hierro de la vieja fundición. No llevaba sus herramientas, sino una
flor roja en el ojal de su chaqueta gastada. Era 1 de mayo de 1 de mayo de 2026, y el silencio en la avenida principal era un tributo a una lucha que había comenzado siglos atrás.
— ¿Por qué no entramos hoy, abuelo? —preguntó el pequeño Marco, tirando de su mano mientras observaba las
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