Un mediodia en que yo dirigia por el muro las ramas de una buganbilla, se acerco hacia a mi la señorita Elena, quien ya en diversas ocasiones habia intentado atraer mi atencion sin resultados faborables para ella, no porque la hija del ingeniero Jacob no me gustara, que si me gustaba, Dios, vaya si me gustaba, porque era blanca y armoniosa y rubia, como un ramillete de margaritas recibiendo el sol, porque su cuerpo resplandecia y palpitaba, porque era una diosa a la que yo habia visto desnuda, no, no era esa la razon de que yo eludiera sus apremios, sino mas bien porque a mi se me hacia inalcanzable su belleza, y ademas se me hacia prohibida, y en su mundo habia maravillas que yo no entendia y habia pensamientos que no tenian cabida en el mio, y en ese mundo suyo que yo tenia tan cerca pero a la vez tan lejos amanecia distinto cada dia porque era posible modificar los amaneceres, sin embargo en el mio amanecia siempre a la misma hora y para hacer las mismas cosas, el suyo era un mundo preparado a capricho en el encargo de cada dia, el mio era inmutable en su miserabilidad, y ademas sentia yo vergüenza en presencia de la señorita Elena, un sentimiento lastimoso de perdida de la propia identidad cuando ella me miraba y toda su persona desprendia impaciencia, una gran ansiedad, un desasosiego tenso que hacia dudar de mi dignidad. Y aquel dia en que yo acomodaba en el muro una buganvilla, ella me dijo, desde la ventana vi tu cuerpo brillando por el sudor, y aquellas no me parecieron palabras de conversacion, aunque esta fuera entre una diosa y aquel que cuidaba sus jardines, mas bien me parecian aquellas palabras de Elena la estrofa de una cancion, pero eso fue lo que me dijo, y añadio, es curioso como brilla el sudor, y yo dije, el agua brilla y el sudor es agua, y ella continuo diciendo, pero es algo mas que agua, dicen que contiene sales y grasas y ademas tiene olor y el agua no huele, y yo insisti, pues la sal brilla y las grasas brillan, asi que ya tiene el sudor tres razones para brillar, y ella se rio y acerco su nariz a uno de mis brazos para oler el sudor que arroyaba por el y dijo, huele bien tu sudor, y recorde uno de los refranes de la abuela y dije, lo que otro suda a mi poco me dura, y ella pregunto, es eso un reproche, y conteste, no, por Dios, como puedo reprocharos nada si me permitis trabajar rodeado de belleza y ademas me compensais por ello, no es un reproche, es solo un refran, y ella apoyo la espalde en el muro, dejo que le colgaran las manos y estrangulo una sonrisa en el lado izquierdo de su cara, el pomulo se incho y tiro hacia arriba de la comisura de los labios dejando al aire unos dientes alineados y blancos, unas franjas de luz azul cruzaron su cara y dejaron en ella el gesto de la arrogancia.
... (ver texto completo)