Al día siguiente los cenamos en casa de Gúmer y cuándo llegó la hora de cerrar el bar, nos avituallamos convenientemente, con cubatas a granel, con los que ayudaríamos a aquella pesada digestión, más por el chupeteo de huesines que por el tamaño de las tajadas. Subimos a la ermita, a ver si con la altura y la bebida que habíamos comprado, se nos ocurría algo en qué entretenernos un poco más. ¡Ya lo creo que se nos ocurrió!. Estaba la noche clara, así que desde la ermita, se alcanzaba a ver la buchina ... (ver texto completo)