Pasaron los días y ella no podía dejarlo allí tirado. Lo había echo antes con otros objetos, pero este, que llevaba estorbando entre sus manos, no podía. Cuando el macho hallaba carne o frutos y todos comían, ella encontraba molesto tener que llevar ese pequeño guijarro. Había que dejarlo en algún lugar y luego acordarse para volver a cogerlo. ¿Qué sentido tenia seguirlo cargando? Pero ella no podía tirarlo así como así, había mordido a su hermano y sin embargo, no la había mordido a ella, si es
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Y tomándolo, con sus torpes manos, hizo como el guijarro cortó la piel de la planta del pie de su hermano. Y lo hizo, sobre la piel del animal muerto. Se abrió la piel como magia, dejó la pulpa fresca de la carne al descubierto. El macho iluminó los ojos y arrebatándole el guijarro continuó cortando, repartiendo la carne, comiendo aquella carne tibia, cruda, que tanto les costaba conseguir. Durante muchos años, ella tardaría en entender los gestos del macho que a empujones, arrojándola al suelo, intentara hacer que ella encontrara otras, otros guijarros como ese que guardaban como un tesoro, y del que pronto tendrían otro sonido para nombrarlo, y que cuando oían ese sonido, era porque alguien necesitaba el guijarro, o habían encontrado otro como aquel.
Randy pasó la vista desganado por sobre la estantería de instrumentos de piedra, rocas toscas, con forma de hoja, y otras, mas allá, finamente elaboradas hechas de silex. Y aún mas allá, otras atadas a varas de madera. "Vamos", dijo la madre de Randy, "vayamos a ver los esqueletos de dinosaurios".
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