Mensajes enviados por Ana Olmos:

Mientras, indolente, yo voy apagando
los restos del último cigarrillo
y comience a vestirme con desgano
una vez más
y no encuentre bajo la cama
la media que me falta
y mire el reloj como un imbécil

pensando en lo complicado de este día
si por caso pudiera llegar tarde al cine ... (ver texto completo)
Sin embargo, presiento
que tu cuerpo seguirá persistiendo
en la tibieza
tan firme
como ahora
iluminado por el cenit
de la lámpara.
Y uno, entonces,
tiene ganas de hacer añicos
la imagen del espejo
con el cenicero
o el taco del zapato.
De hacer saltar por el aire
los espasmos de su burla feroz.
Su desatino.
Por eso, quizás, nos mortifica la certeza
de saber que existe
algún vasto señorío
detrás.
No hay ninguna señal
ninguna puerta
en la lisura
de ese cielo
de esa nada.

--

Sabemos, sí
que no estamos invitados a pasar ... (ver texto completo)
¿Quién, qué Dios o qué Demonio
nos prometió unos terribles castigos
a las distantes puertas de lo oscuro?

--
Detrás, definitivamente la morada del espanto más temido.

--

¿Será tan liviana como el hielo de la muerte?

--

¿O cortante como el filo de la luna?

--

¿Por qué
nos habrán vedado
conocer cómo es el camino aquél
tras los engañosos destellos
del cristal? ... (ver texto completo)
Tercera parte
o sombras detrás del espejo

¿Qué nos espera tras la línea luminosa del cristal?
¿Vacío? ¿Sombras?
¿Nada más que sombras?

--

Sos y no sos en el espejo. ... (ver texto completo)
También la infalible nariz de cazadora
ventea a tu inocente desnudez
desde la simetría inversa del espejo.
Y estás allí, de pie, temblando de asombro
mientras tu piel se eriza y ella levanta un brazo
y abre una mano
y la cierra después
y la vuelve a abrir
un par de veces más todavía
y la palma generosa ... (ver texto completo)
Un par de surcos acaso perplejos preguntan
y vuelven a preguntar

desde la dignidad de la frente.
Para el susurro de las hojas en el viento.
Para el milagroso silabeo en la trompeta
de Miles Davis.
Para las roncas olas vencidas un instante en la playa
bastan
unas impensadas sendas

en la oreja.

-- ... (ver texto completo)
Tus labios después encienden las luces de la avenida
de a una y suavemente.

Cuando besas.

--

El cuello se curva y se ofrece
obsequioso
como un cordero consagrado
a los pies de la voluptuosa Ishtar.

--

Por las acequias rumorosas de tu espalda
descienden

agua.
fuego.
vértigo. ... (ver texto completo)
Gentil, tu lengua rotula al mundo:
Ventana, nube, café, diario, espejo.

Espejo, diario, café, nube, ventana.

--
Mis dudas, todas, todas,
caben en el cuenco infinito de unas manos pequeñas

tan pequeñas.

--

Barquitos de cáscaras de nuez
en la borrasca.
Ah, pero cualquier inquietud o temor
desaparecen
cuando el hoyuelo del ombligo te sonríe.
Entonces me llama.

Y allá voy
también alegre
y sin saberlo

a bucear en los misterios de la vida.
Aunque después
Las inquietas celosías
De tus ojos
Descubran, cada día,
La vana insensatez del mundo.

Y a vos te duela.
y a mí también.
Mucho.
Mucho.
Igual que tus dientes:
tan redondos y brillantes

parecen rocío desplegado
al sol
de la mañana.

--
Tus muslos brillan
cuando se tensan
y me rodean
el cuello.

--

Te beso las uñas del pie

antiguo cementerio ... (ver texto completo)
Detrás, hacia el poniente,
se esconden apretados secretos
que hay que ir develando de a poco
velo tras velo
con paciente oficio.
Y más allá de la agreste toponimia
unas suaves laderas
que bajan hasta misteriosos y floridos
valles.
Abrigada cicatriz
rosado pendón en alto
sobre cavernas de sal

y hambre.

--
Segunda parte
o el temblor de la carne

De pronto tus pechos
despiertan
al delicado roce
de la yema de mis dedos.

--

Florecen.
y esperan.
Esperan.

--

Y después, la segura oquedad de la cintura
para anudar así
todos los vientos.

--

¡Oh, la cava sagrada del pubis! ... (ver texto completo)
¡Oh, catedral del viento!
¡Oh, huesos, pequeños huesos
que amo
y configuro

más allá de la plácida boca
este beso
este luminoso fulgor en la bóveda oscura
de la noche.
Esta extraña y desapacible ciudad.

--

Entonces me animo a soñarlos
mansos
y distraídos

aunque afuera queme
y brame
y arda
y se consuma
en las veredas
la espantosa cordura de los hombres. ... (ver texto completo)
Esa huerta cimbreante
que perfuma el aire
(y locos de ebriedad
olvidamos
los sudores del óxido
y la pena
la humillación
de trajinar
sin aliento
... (ver texto completo)
Pero hoy apenas los adivino
voraces
bebiendo el fermento caliente
de la sangre
bajo firmes tendones
y pálida carne

de mujer.
(Y los recuerde también reinando en el osario
un día)
Será por eso
que se los siente respirar
quedamente
bajo la carne rosada.
¡Ay, tan amado hueserío!
Los intuyo así
como hieráticos signos
pero qué hambrientos están
de humanos deseos.
Aunque oteen a lo lejos
y esperen sumisos pacientes
la mano fría del invierno
que acaricia
cuanto ama
y mata.
También mata.
Porque son de azúcar y cal
las fosfóreas cañitas
de los huesos.
Varas jugosas, verdes
todavía.
¡Qué altivez de hembra
la que se yergue sobre la bruma
y resplandece!
Erguido
solo
y en lo alto.
¿Y esos nidos de cigüeñas
en el campanario?
¡Ah, la blanda caja del pecho
que guarda
un momento
apenas un momento
esta brisa
mansa
que viene del mar!
Amaneces y te extrañas
conmigo.

Amargo y tibio
el lecho
del diario despertar
contigo.
conmigo.
--
Que ágil
serpea
y silba
entre las inconstantes
dunas

a lo lejos.
Pero leve, ay.
Ligera como
arena que apenas
rozara con sus finos
dedos de silicio
al plácido viento
de abril.
Miope
agitada
inexplicable
como la piedra.
Espejo del silencio:
nunca reprochan
nada
A esta vida
que puja
y aflora
inocente
obcecada

y sin saberlo nunca.
Azules
Qué pensativos

y tan callados.
Regresa,
siempre regresa
al hueso:
claro y fino esmalte
para unos cimientos
arduos

como la sed.
Por amor
siempre por amor
resume
extraña miel
y vuelve.
Sólo por amor.
¿Será acaso como lo imagino?
¿Un río manso y oscuro?
¿Barro elemental, breve, eterno?
Alta
firme
bípedo sostén
del mundo
conmigo
y la humedad del aire
que duele
en el turbio corazón del tuétano.
nhiesta catedral
de carne
y humo.

Rotunda
en su pudor
desnuda.

Sólo hueso
y luz ... (ver texto completo)
Pero después envejece
y cae.
Luz.

--

Luzmarina
en el brillo de tus ojos, mujer.
¡Oh, cuánta dignidad
esa quebradiza
altura!

Qué frágil
eterna
y nueva
en el instante de ser sólo tiempo.
Que siempre está huyendo
hacia el poniente.