Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:
Déjame que mire dentro. ¡Sólo un instante!
—No, Pandora —contestó su esposo con firmeza—. Esta caja me ha sido confiada por el dios Mercurio para que la tenga a buen recaudo. Me advirtió que si alguna vez la abría, iba a lamentarlo, y yo le prometí que, pasara lo que pasara, jamás la abriría.
— ¿Qué es esto? —preguntó Pandora, riendo y bailando en torno a la caja—. ¿Es un regalo para mí?
Un día Epimeteo llegó a casa con un objeto grande y cuadrado, envuelto en un paño. Era una vieja y polvorienta caja, asegurada con unos cierres y una cuerda dorada.
La búsqueda de obsequios para su esposa le llevaba cada vez más lejos de su casa. Cuando se quedaba sola, Pandora se paseaba por las habitaciones de su soleada mansión.
Una persona poco amable hubiera dicho que Pandora era una mujer consentida. Pero nadie era tan poco amable para decir semejante cosa, y Epimeteo gozaba colmándola de regalos. Cada día le llevaba un vestido nuevo, o unas sandalias, o joyas, o una estatua para el jardín.
Los matrimonios no se peleaban nunca. Por este motivo, a Pandora y Epimeteo les encantaba estar siempre juntos, bailando, divirtiéndose, jugando y durmiendo al sol de una primavera que duraba todo el año.
Una época en que nadie se lastimaba nunca, ni envejecía demasiado. Y puesto que nadie envidiaba a su vecino, no había peleas, ni guerras, ni muertes. Una época en que reinaba la abundancia para todos y no existía la codicia.
La caja de Pandora
Imaginaos una época, hace muchos, muchísimos años, cuando no existían en el mundo ni la desdicha, ni la enfermedad, ni el rencor.
Desde aquel momento los dos vivieron llenos de felicidad.
-Pues claro que sí, mi príncipe.
-Soy un príncipe. Una bruja me maldijo y me convirtió en una bestia para siempre. Sólo el verdadero amor de una mujer me ha librado de la maldición. Oh, Bella, estoy tan contento de que hayas regresado… Y ahora, dime, ¿te casarás conmigo?
El joven tomó su cabeza entre las manos y Bella preguntó: - ¿Quién eres?
Mírame, Bella. Seca tus lágrimas. Bella bajó la vista y observó que estaba acariciando una cabeza de pelo dorado. La Bestia había desaparecido y en su lugar se encontraba el más hermoso de los seres humanos.
De repente, una voz con timbre diferente se dirigió a Bella.
Al instante dio vuelta al anillo tres veces y se encontró a su lado en el jardín. Acomodó la enorme cabeza de la Bestia sobre su regazo y repitió: -Bestia, no quiero que te mueras. Bella intentó apartar las hojas de su rostro. Las lágrimas brotaban de sus ojos y rociaban la cabeza de la Bestia.
- ¡Oh, Bestia! Por favor, no te mueras. Volveré, querida Bestia.
Pasó otra semana y, para su alivio, nada ocurrió. La familia también respiró con tranquilidad. Pero una noche, mientras se peinaba frente al espejo, su imagen se emborronó de repente y en su lugar apareció la Bestia. Yacía bajo el claro de luna, cubierta casi completamente de hojas. Bella, llena de compasión, exclamó:
Total, que pasaron una maravillosa semana juntos. Bella contó a su familia todas las cosas que le habían sucedido con su extraño anfitrión y ellos le contaron a su vez todas las buenas nuevas. La feliz semana pasó sin ninguna palabra o señal de la Bestia. Pensaba…”Quizá se ha olvidado de mí. Me quedaré un poquito más.”
Bella se lo prometió al instante, dio tres vueltas al anillo de su dedo y… de pronto apareció en la pequeña cocina de su casa a la hora del almuerzo. La alegría fue tan grande como la sorpresa.
Con alegría oyó que la Bestia le respondía:
-Puedes ir a casa durante siete días si me prometes volver.
Un día, él la encontró llorando junto a una fuente del jardín.
- ¡Oh, Bestia! Me avergüenza llorar cuando tú has sido tan amable conmigo. Pero el invierno se avecina. He estado aquí cerca de un año. Siento nostalgia de mi casa. Echo muchísimo de menos a mi padre.
Parecía tan esperanzado que Bella sintió lástima.
-Realmente te aprecio mucho, Bestia, pero no, no quiero casarme contigo. No te quiero.
La Bestia repitió a menudo su cortés oferta de matrimonio. Pero ella siempre decía “no”, con suma delicadeza.
A pesar de su fealdad. Bella se sentía tan sola y él era tan amable con ella que empezó a desear verle.
Una tarde, mientras ella leía sentada junto al fuego, se le acercó por detrás.
-Cásate conmigo, Bella.
Una noche, Bella le vio arrastrándose por el césped, bajo el claro de luna. Impresionada, intuyó en seguida que iba a la caza de comida. Cuando él levantó los ojos, la vio en la ventana. Se cubrió la cara con las garras y lanzó un rugido de vergüenza.
Pasearon los dos por el jardín y a partir de entonces la Bestia fue a menudo a hablar con Bella. Pero nunca se sentó a comer con ella en la gran mesa.
- ¡No tengas miedo. Bella! Sólo he venido a desearte buenos días y a preguntarte si estás bien en mi casa.
-Bueno… Preferiría estar en la mía. Pero estoy bien cuidada, gracias.
Un día, mientras ella paseaba por el jardín, la Bestia salió de detrás de un árbol. Bella no pudo evitar un grito, mientras se tapaba la cara con las manos. El extraño ser hablaba tratando de ocultar la aspereza de su voz.
Bella no tenía miedo en una casa tan acogedora, pero se sentía tan sola que empezó a desear que la Bestia viniera y le hablara, por muy horrible que fuera
Nadie la recibió. No vio a la Bestia en muchos días. En la casa todo era sencillo y agradable. Las puertas se abrían solas, los candelabros flotaban escaleras arriba para iluminarle el camino de su habitación, la comida aparecía servida en la mesa y, misteriosamente, era recogida después…
- ¿Dijo que no me haría ningún daño, de verdad, papá?
-Me dio su palabra, cariño.
-Entonces dame el anillo. Y por favor, no os olvidéis de mí.
Se despidió con un beso, se puso el anillo y le dio tres vueltas.
Al segundo, se encontró en la mansión de la Bestia.
Fuera, en la nieve, esperaba el caballo, sorprendentemente curado de su cojera, ensillado y listo para la marcha. La vuelta a casa fue un calvario para aquel hombre, pero aún peor fue la llegada cuando les contó a sus hijas lo que había sucedido. Bella le preguntó…
El padre de la chica accedió al horrible trato y la Bestia le entregó un anillo mágico. Cuando Bella diera tres vueltas al anillo, se encontraría ya en la desolada mansión.
-Demasiado tarde. Ahora tienes que llevártela… y enviarme a tu hija en su lugar.
- ¡No! ¡No! ¡No!
-Entonces te devoraré.
-Prefiero que me comas a mí que a mi maravillosa hija.
-Si me la envías, no tocaré un solo pelo de su cabeza. Tienes mi palabra.
-Ibas a robarme mi rosa ¿eh? ¿Es ésa la clase de agradecimiento con que pagas mi hospitalidad?
El hombre casi se muere de miedo.
-Por favor, perdonadme, señor. Era para mi hija Bella. Pero la devolveré al instante, no os preocupéis.
¿Era un hombre o una bestia? Vestía ropas de caballero, pero tenía garras peludas en vez de manos y su cabeza aparecía cubierta por una enmarañada pelambrera. Mostrando sus terribles colmillos gruñó:
- ¡Una rosa roja! ¡Qué suerte! Al fin Bella tendrá su regalo.
Comió cuanto pudo, se levantó y tomó la rosa de su jarroncito.
Entonces, un rugido terrible llenó la estancia. El fuego de la chimenea pareció encogerse y las velas temblaron. La puerta se abrió de golpe. El jardín nevado enmarcaba una espantosa visión.
Cuando se dio cuenta, era ya por la mañana. Se levantó, sintiéndose maravillosamente bien, y se sentó a la mesa, donde le esperaba el desayuno. Una rosa con pétalos rojos, puesta en un jarrón de plata, adornaba la mesa. Con gran sorpresa exclamó:
Tras haber comido y bebido todo lo que quiso, se fijó en un gran sofá que había frente al fuego, con una manta de piel extendida sobre el asiento. Una esquina de la manta aparecía levantada como diciendo: “Ven y túmbate.” Y eso fue lo que hizo.
Mientras examinaba nerviosamente la estancia, una de las sillas se separó de la mesa, invitándole claramente a sentarse. Pensaba…
“Bien, está visto que aquí soy bien recibido. Intentaré disfrutar de todo esto.”
Miró atrás, a través de los remolinos de nieve, y vio que las puertas enrejadas se habían cerrado y su caballo había desaparecido.
Entró. La puerta chirrió de nuevo y se cerró a sus espaldas.
-Si pudiera cobijarme aquí… No había terminado de hablar cuando las puertas se abrieron. El viento huracanado le empujó por el sendero hacia las escaleras de la casa. La puerta de entrada se abrió con un chirrido y apareció una mesa con unos candelabros y los manjares más tentadores.
Entonces percibió, a través de la ventisca, un gran muro y unas puertas con rejas de hierro forjado bien cerradas. Al fondo del jardín, se veía una gran mansión con luces tenues en las ventanas.
De repente se desató una tormenta de nieve y el desgraciado hombre se encontró perdido en medio de un oscuro bosque.
En la ciudad, todo le fue mal. No encontró trabajo en ninguna parte. Los únicos regalos que pudo comprar fueron frutas y chocolate para sus dos hijas mayores, pero no consiguió la flor para Bella. Cuando regresaba a casa, su caballo se hizo daño en una pata y tuvo que desmontar.
Bueno, una rosa con pétalos rojos para ponérmela en el pelo. Pero como estamos en invierno, comprenderé que no puedas encontrarme ninguna.
-Haré todo cuanto pueda por, complaceros a las tres, hijas mías.
Diciendo esto emprendió la marcha a todo galope.
Para mí un vestido precioso.
-Y un collar de plata para mí.
Con su candorosa voz, Bella murmuró:
-Yo solamente quiero que vuelvas a casa sano y salvo. Eso me basta.
Un día su padre se fue a la ciudad a ver si encontraba trabajo. Cuando montó en su caballo, preguntó a sus hijas qué les gustaría tener, si él ganaba suficiente dinero para traerles un regalo a cada una. Sin apenas pensarlo, las dos hijas mayores gritaron:
Las dos hijas mayores se pasaban el día quejándose por tener que remendar sus vestidos y porque ya no podían ir a las fiestas. En cambio la pequeña, a la que llamaban Bella por su dulce rostro y su buen carácter, estaba siempre contenta.
La bella y la bestia
Había una vez un hombre muy rico que tenía tres hijas. De pronto, de la noche a la mañana, perdió casi toda su fortuna. La familia tuvo que vender su gran mansión y mudarse a una casita en el campo.