Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Yo supongo que el Hombre debe ser exactamente como tú. Coyote -gruñó el oso colmenero.
- ¡Qué animales más tontos! ¡No sé en qué estaría pensando cuando os hice! Todos queréis que el Hombre sea exactamente igual a vosotros.
Coyote se puso en pie de un salto y se colocó en el centro del círculo.
Sólo sabes decir eso? -se quejó la lechuza-. ¿Acaso no tienes ninguna idea?
- ¿Como las tuyas? -preguntó Coyote.
- ¡Estáis todos loo-cos! -gritó la lechuza- ¿Y las alas? Si queréis que el Hombre sea el mejor de los animales, tenéis que ponerle alas.
-Me parece que el Hombre es demasiado grande -chilló el ratón-. Sería mucho mejor si fuese pequeño.
-No hay nadie que pueda construir diques como yo -dijo el castor, fanfarroneando.
- ¿Como tú? -preguntó Coyote.
Entonces se levantó el castor y dijo: -Os estáis olvidando de lo más importante: la cola. Supongo que las colas finas y largas estarán muy bien para espantar a las moscas. Pero el Hombre tiene que tener una cola ancha y plana. ¿Cómo, si no, va a construir diques en los ríos?
- ¿Como los tuyos? -preguntó Coyote. El carnero dio un respingo. No le gustaba que lo interrumpieran.
Son largas y puntiagudas y se enganchan en todas las ramas y los arbustos. No sirven para embestir, Pero si tuviera unos cuernos…
- ¿Como la tuya? -intervino el carnero, despectivo-. ¿Para qué sirve una cornamenta?
- ¿Como la tuya? -preguntó Coyote. -Bueno, sí. Como la mía -repuso el ciervo.
Y una cornamenta, claro. Necesitará una cornamenta.
Y ojos como la Luna, que lo ve todo.
- ¿Por qué habláis de morder carne y aplastar cosas? Eso no está bien. El Hombre debe saber cuándo corre peligro para poder escapar. Debe tener unas orejas de caracol para poder oír hasta los ruidos más débiles.
El ciervo, que temblaba nervioso y no paraba de echar miradas por encima del hombro, dijo:
-Bueno, sí, como yo -replicó el oso pardo.
-Nadie quiere una voz como la tuya -interrumpió el oso pardo-. Tú espantas a todo el mundo. En cambio, el Hombre debería poder caminar sobre las patas traseras para acercarse a las cosas y apretarlas entre sus brazos hasta aplastarlas.
-Si. como la mía -respondió el león.
- ¿Como la tuya? -preguntó Coyote.
Bueno… sí, como las mías -dijo el león-. Necesitará pelo, por supuesto. Y una gran voz para rugir.
-Puedes darle la forma que quieras -dijo el león-, pero creo que tendría que tener unos dientes afilados para morder la carne, y también unas garras largas.
Los animales le oyeron y quisieron ayudarle. Así pues, todos se sentaron en circulo en medio del bosque: Coyote, el oso pardo, el león, el oso colmenero, el ciervo, el carnero, el castor, la lechuza y el ratón.
Coyote puso árboles, estanques, montañas y ríos en las praderas, y creó todos los animales.

-Y finalmente, haré al Hombre-se dijo Coyote en voz alta.
La creación del hombre
La creación del hombre

«Cuando Coyote, el perro del desierto, terminó de hacer el mundo, tomó el viento, que tenía forma de caracola, y le dio vuelta para hacer el cielo. Puso colores brillantes en los cinco rincones del mundo y de pronto brotó un arco iris que separó la noche del día. Entonces se sentó y empezó a silbar; el Sol y la Luna comenzaron a moverse.
La creación del hombre

Era una noche oscura en que brillaban las estrellas, un grupo de pieles rojas se acurrucó alrededor del fuego. De pronto, el guerrero más anciano se puso en pie. Tenia el rostro tan viejo y tan oscuro como la tierra: estaba envuelto en una manta de colores brillantes. Allí y entonces comenzó a relatar la historia del nacimiento del mundo…
Buén fín de semana.
saludos. rs
Y la hormiga le dio la espalda y terminó su desayuno.
-Te conozco -gritó una de las hormigas- Tú te reías cuando yo te dije que fueses previsora. Piensa en el presente, me decías. Pues bueno, vé y consigúete tu propia comida ahora.
-Oh, por favor, dadme un poquitín de vuestra comida -les suplicó- Vosotras tenéis mucho y yo no tengo nada.
Al pasar junto a un grupo de hormigas, vio que estaban dando cuenta de un buen desayuno de trigo.
– Una mañana, algunos meses después, la cigarra se arrastraba por la tierra helada. Tenía tanto frío y tanta hambre que apenas podía moverse.
-Piensa mejor en el presente, -le respondió.
-Es que pienso en el mañana. Y tú también deberías hacerlo. Si no empiezas ahora a almacenar alimentos, no tendrás comida para pasar el invierno.

La cigarra se rió
La hormiga le miró y dijo:
-Deja ya de trabajar tanto -le gritó la cigarra- Ven y aprovecha este hermoso día.
De pura felicidad comenzó a saltar de aquí para allá. Saltó por encima de una diminuta hormiga negra que luchaba por arrastrar un grano de trigo hasta su despensa.
La cigarra y la hormiga

Era un caluroso día de verano y la cigarra se hallaba sentada en una brizna de hierba disfrutando del sol. “Es tan agradable esta época del año”, suspiraba. “No puedo entender por qué están todos trabajando. Deberían seguir mi ejemplo y disfrutar del buen tiempo.”
No, nunca —contestó el profesor—. Lo guardaremos en secreto. Y no pienso sacarme la chaqueta ni para dormir. Quiero tener sueños maravillosos
— ¿Les dirás que fuiste tú que derramabas pinturas sobre las nubes? —preguntó ella.
—Escucha esto, querida: “Una lluvia de colores cae cerca de París.” “ ¡Los científicos no aciertan a explicárselo!”
La señora Popof se puso muy contenta al verle y oírle relatar todas sus aventuras. Y rió de buena gana cuando él le leyó, mientras desayunaban, el periódico.
Y así, al anochecer, el profesor se elevó por encima de las luces centelleantes de la Ciudad de la Luz. Agotado después de tantas emociones, no tardó en quedarse dormido. No se despertó hasta aterrizar en el jardín de su casa. El porrazo que se dio fue de época.
La magia surgio efecto de inmediato en menos de un minuto se hallaba ya en París reunido con sus colegas. “Esta chaqueta vuela más rápido que un avión”, pensó. “Podría regresar a casa esta noche volando y llegar a tiempo para el desayuno.”
—Vaya por Dios —dijo el profesor—. Ojalá me encontrara ya en París.
Cuando el profesor se aproximaba a París, el viento, que soplaba muy fuerte, hizo volcar los botes de pinturas y éstas se derramaron sobre las nubes.
Al poco rato, el profesor decidió reemprender el viaje. Los niños le observaron entusiasmados mientras despegaba del patio de recreo y desaparecía entre las nubes. El viento comenzó a soplar y el profesor extendió los brazos para no perder el rumbo.
—Son mis colores preferidos -dijo el profesor—. Rojo, verde, azul, amarillo, púrpura y naranja. Muchísimas gracias.