Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Lily y el canguro

Lily se despidió del pájaro con un adiós, mientras se alejaba con el canguro en busca del ornitorrinco. Los demás animales decían que sólo él podía ayudar a Lily a encontrar el camino para volver a casa.
Llenó sus bolsillos de monedas de oro y ya nunca pasó hambre ni frío. Y vivió siempre feliz y siguió haciendo el bien a los demás.
Y la generosidad niña, que había dado a los demás todo lo que tenía, se vio cubierta por un abrigo de piel, también llovido del cielo
Pero de pronto, inexplicablemente, se desprendieron del firmamento miles de estrellas, como un deslumbrante lluvia, y al posarse sobre la nieve las estrellas se convirtieron en monedas de oro.
Y así quedó la pequeña a merced de un viento helado que iba congelando su cuerpecito. Pensó que moriría de frío en poco tiempo y se puso a rezar.
Y como le dio mucha pena, la huérfana también se despojó de la camisa.
Entonces otra niña, cobijada al amparo de un árbol, le pidió su camisa, pues ya no soportaba el frío.
Ya era de noche y nevada copiosamente cuando la pequeña se adentró en un bosque con ida de pasar la noche allí.
La huerfanita tuvo piedad de ella y le dio su chaqueta y su falda.
Poco después vio a una niña muy pequeña tiritando de frío, casi desnuda, que la mirada con ojos tristes.
-Te lo regalo- contestó con generosidad.
– Tengo mucho frío y me duele la cabeza. ¿No podrías dejarme tu gorro?
Prosiguió su andadura y al cabo de un rato se acercó a ella un chiquillo, que le dijo:
La niña se compadeció de él y le entregó el pedazo de pan.
-Por favor, pequeña, dame algo de comer.
Por el camino encontró a un mendigo, que le dijo:
Un día abandonó la aldea y marchó a la aventura confiando mejorar su suerte. Llevó con ellas sus únicas pertenencias, la ropa que vestía y un trozo de pan.
Lluvia de estrellas

Hubo una vez una pequeña aldeana que era huérfana y además no tenía hermanos, a pesar de lo cual la chiquilla vivía alegre y era bondadosa como pocas.
Así termina el cuento, con todos sonrientess, menos yo, que para contarlo me he quedado sin lengua no dientes.
Ahorcad a esos dos cazadores y que el tercero tome por esposa a la más joven de las princesas!
Luego se escondió detrás de la puerta y se quedó escuchando mientras ellas le contaban todo a la estufa apagada. Cuando las princesas dijeron que los hermanos mayores habían cortado la cuerda para que la cesta se chocara contra el fondo del pozo, salió de su escondite y ordenó:
– Si no queréis decírmelo a mí, decírselo a menos a la estufa.
Entonces el padre respondió:
– No podemos decírselo a nadie, lo hemos jurado-dijeron ellas.
Pero el hermano pequeño sí que contó toda la historia y mostró como prueba los tres collares, así que el rey preguntó a sus hijas si estaba diciendo la verdad.
Allí estaban sus hermanos, vestidos con gran pompa, a punto de casarse con dos de las princesas. La más pequeña les sujetaba la cola del vestido. Los cazadores las habían amenazado con matarlas a las tres si no decían que las habían liberado ellos, así que las pobrecillas habían jurado que nunca jamás contarían lo que había sucedido realmente.
– Llevadme inmediatamente al palacio real!-dijo el cazador, y un instante después estaba en el salón del trono.
- ¿Qué quieres?- preguntaron-. ¡Estamos a tus ordenes!
Fue suficiente una sola nota para que la habitación se llenara de gnomos. Había miles y miles, y seguían llegando más.
Vencido por la curiosidad, el muchacho sopló dentro como si fuera un silbato.
A pesar de que registró todo bien, no encontró nada. Al final, desesperado, se sentó con la cabeza entre las manos. Entonces vio en el suelo una flauta de sauce tan pequeña que no parecía hecha para un hombre.
“ ¡Mira cómo habría terminado si no hubiera hecho caso al hombrecillo!”, pensó el hermano menor, y empezó a rebuscar en las tres habitaciones para hallar un modo de salir de allí.
Ahora sólo quedaba salir del pozo, así que las tres princesas se metieron una por una en la cesta y las subieron. Pero cuando llegó su turno, el cazador recordó que el gnomo le había dicho que tuviera cuidado, así que en vez de meterse en la cesta, metió un pesado predusco. E hizo, bien, porque a mitad de camino los hermanos cortaron la cuerda y la piedra se rompió en pedazos al chocar contra el fondo del pozo.
Después abrió la última puerta y encontró un dragón de tres cabezas y una princesa que le estaba despiojando. En cuanto las cabezas rodaron, le regaló un collar de oro blanco que valía tres reinos.
De hecho, en la habitación había otra puerta, y detrás de ésta un dragón durmiendo, con sus siete cabezas posadas sobre las rodillas de una princesa que le estaba despiojando. El cazador también las cortó y como recompensa recibió un collar de oro amarillo que valía site reinos.
– Ahora teines que liberar a mis hermanas.
El joven cazador entró de puntillas y con su cuchillo cortó las cabezas de un tajo, haciéndolas rodar por el suelo. Entonces la princesa le abrazó y le besó, y luego le regaló su collar de oro rojo, que valía nueve reinos, diciendo:
Entonces el hermano menor bajó y encontró uan puerta cerrada de la que procedía un gran ruido, como si hubiera alguien roncando. Echó una ojeada por el agujero de la cerradura y vio un dragón profundamente dormido con sus nueve cabezas posadas sobre las rodillas de una princesa que le estaba despiojando.
Tu tienes que bajar primero ya que eres el que menos pesa.
Cuando volvieron los dos hermanos mayores convencidos de que lo iban a encontrar hecho polvo y lleno de moratones, el joven les contó qué había sucedido y fueron corriendo a recoger todo lo que había falta para bajar al pozo. Luego dijeron:
-Pero ten cuidado, por que tus hermanos no te quieren e intentarán gastarte alguna broma pesada- dijo el hombrecillo, y desapareció girando sobre sí mismo como una peonza.
- ¡Ahora sí que empezamos a entendernos!- dijo el hermano menor; y el gnomo le enseñó un pozo muy profundo en el patio del castillo. Las princesas estaban precisamente en el fondo y para encontrarlas, había que bajar en una cesta atada a una cuerda llevando consigo un buen cuchillo.
- ¡Basta, basta! ¡Déjame y te diré donde están las princesas!
Entonces el gnómo empezó a chillar:
El hombrecillo se enfadó muchísimo y empezó a armar barullo, así que el muchacho le agarró de los pelos y le dio tantos golpes como habían recibido sus dos hermanos juntos.
Sin embargo, el hermano menor era diferente de los otros dos, y cuando el gnomo le pidío que le recogiera el pan, le respondió que no. ¡Aquel tipo tan feo no le gustaba nada y no tenía ganas de hacerle ningún favor.!
Pero el hermano mediano tampoco contó nada, Ahora le tocaba al más pequeño y quería ver cómo le iban las cosas.
Al día siguiente se quedó en casa el hermano mediano y las cosas sucedieron del mismo modo: el gnomo le pidío un trozo de pan, lo tiró al suelo y después, cuando el muchacho se agachó, le dio tantos golpes que perdió el conocimiento.
Cuando los hermanos volvieron, el joven no dijo nada: ¡se avergonzaba de que hubiera podido con él un hombre muchísimo más bajito! Y además quería ver cómo se las arreglarían los otros cuando el hombrecillo regresara.
Cuando se apachó, el gnomo (porque se trataba de un gnomo y además de los malos) le agarro de los pelos y le pegó hasta más no poder, dejándole más muerto que vivo.