Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

—Qué amable eres, hada —dijo Pinocho— Te quiero mucho.
El pobre Pinocho estaba desolado y el hada tuvo que reprimir la risa. Así que llamó a una bandada de pájaros carpinteros para que le recortaran la nariz y se la dejaran a su tamaño natural.
—Estás mintiendo, Pinocho —dijo el hada sonriendo—. Cada vez que dices una mentira tu nariz se alarga.
Con esta enorme mentira, su nariz se hizo tan larga que no podía ni volverse. Cuando se giraba hacia la derecha, su nariz chocaba con la cama. Y si se giraba a la izquierda, chocaba con el cristal de la ventana.
—Pues… en el bosque. No, ya me acuerdo. No lo perdí. Me lo he tragado.
— ¿Y dónde lo has perdido?
En el acto le empezó a crecer la nariz.
—Pues… ¡lo he perdido! —dijo Pinocho.
— ¿Pero dónde está ahora el oro? —preguntó el hada.
Le contó al hada toda la historia y se jactó de lo listo que había sido al ocurrírsele esconder el oro en la boca.
Unos minutos más tarde. Pinocho se sintió restablecido por completo. Los muñecos de madera nunca permanecen enfermos mucho tiempo.
—Qué forma de perder el tiempo —se quejaron los conejos— Otro viaje en balde.
¡Amigos! ¡Pinocho se tomó el amargo líquido de un solo trago!
— ¿Para llevarme? —protestó Pinocho—. ¡Pero si no estoy muerto! ¡Hada! ¡Oh, hada! ¡Dame la medicina, por favor!
—Hemos venido para llevarte con nosotros —dijo el conejo jefe.
En esto se abrió la puerta y entraron cuatro conejos, portando un ataúd para Pinocho.
Entonces, el hada tocó la frente de Pinocho. Todavía tenía mucha fiebre y se encontraba muy malito, así que le preparó una medicina. Pero como ésta era amarga, el muñeco se negó a tomarla. El hada le dio azúcar para endulzar el gusto, pero ni por ésas, Pinocho se tragó el azúcar y dejó la medicina.
—Cuando un muerto llora, es señal de que se recupera —dijo el buho— Creo que ya podemos irnos, caballeros.
Pinocho rompió a llorar. Su llanto alegró a los médicos, pues significaba que su paciente estaba vivo.
—Yo he visto antes a este muñeco. Es un bribón, un hijo díscolo que matará a su papá a disgustos.
Al poco, junto a su cama se reunieron tres médicos —un buho, un cuervo y un grillo— que dispusieron un tratamiento para salvar al paciente, Lo primero que oyó Pinocho al despertarse fue la voz del grillo:
Resultó que la propietaria de la casita cercana era una hermosa hada, que llevaba más de mil años viviendo en el bosque. Ella lo había observado todo desde una ventana. Así que, cuando hubieron desaparecido los ladrones, el hada envió su mejor carruaje, conducido por un perro de lanas y tirado por cien parejas de ratones blancos, a que trasladaran el cuerpo de Pinocho hasta la casita.
Mientras el flaco cuernecito de Pinocho se balanceaba en el viento de la noche, pensó en todas las advertencias que le habían hecho, hasta que le falló la respiración y se quedó tieso.
—Volveremos mañana, cuando estés muerto, con la lengua colgando.
Los dos ladrones se alejaron, diciendo:
Con un ruido horrible, como el gruñido de un zorro, el más alto de los dos ladrones sacó una soga de debajo de su capa y la puso alrededor del cuello de Pinocho. Segundos después, el pobrecillo pendía del árbol más cercano.
—Con que pretendías engañarnos, ¿eh? Tienes el dinero debajo de la lengua. ¡Ya sabremos nosotros cómo sacártelo!
— ¡No, no! —exclamó el pobre Pinocho, haciendo sonar las monedas en la boca.
Pinocho saltó al suelo con un gran brinco y salió corriendo. Atravesó una zanja y, al volverse, vio a los ladrones que caían en ella. Pero no tardaron en salir y emprender de nuevo su persecución. Entonces, cuando ya Pinocho sentía que le flaqueaban las fuerzas, vio una casita y se acercó a ella. La mala suerte le acompañaba, porque, antes de que pudiera alcanzar la puerta, unas vigorosas manos le agarraron por el pescuezo, al tiempo que una voz cavernosa exclamaba:— ¡La bolsa o la vida! Pinocho ... (ver texto completo)
Los ladrones estaban cada vez más cerca, así que Pinocho se metió cuatro monedas de oro en la boca y se encaramó a un árbol. ¡Allí estaría seguro! Pero al mirar abajo vio que los ladrones prendían fuego al árbol y las llamas cada vez se acercaban más a él.
Pinocho le entregó una de sus cinco preciosas monedas de oro e inmediatamente se puso en camino. Unas nubes oscuras tapaban las estrellas, y él comenzó a silbar para no desanimarse. ¡Qué lúgubre parecía todo! Más adelante, donde la carretera atravesaba un tupido bosque, Pinocho oyó un susurro de hojas a sus espaldas. Allí, envueltas en la oscuridad, había dos figuras encapuchadas, ¡y le estaban persiguiendo!
—El zorro y el gato han tenido que salir temprano. Se reunirán contigo en el campo de los milagros, si es que sabes llegar allí tú solo. A propósito, ¿te importaría pagar la cuenta de los tres?
Después de la colación, el zorro pidió habitaciones para los tres, y fueron a acostarse, dejando dicho que les despertaran a medianoche. Cuando a la hora señalada el posadero despertó a Pinocho, tenía para él extrañas noticias.
El gato engulló treinta y cinco raciones de pescado y cuatro de tripa, mientras que el zorro daba cuenta de una docena de perdices, seis conejos y unas liebres. Pinocho, en cambio, no probó bocado, pues no hacía más que pensar en la gran jornada que se avecinaba.
— ¡Miren! —dijo el zorro de repente—. Ahí está la posada del cangrejo rojo. Podemos comer algo y continuar a medianoche para llegar al campo de los milagros mañana al amanecer.
Pinocho y sus amigos

Junto con sus dos sospechosos acompañantes, el zorro y el gato, Pinocho seguía su marcha cuando se puso el sol. Sus nuevos amigos le habían contado que existe un lugar donde podían hacerse ricos muy fácilmente, se llamaba el Campo de los Milagros (aunque su padre le dijo que fuera con cuidado con sus nuevos amigos y no confiara en ellos, hasta que le demostraran su amistad.)
— ¡Sólo un día más! ¡Ojalá consiga portarme bien un día más!
Aquella noche, acostado en la cama, Pinocho apenas pudo conciliar el sueño por lo excitado que estaba.
—Voy a concederte tu deseo. Dejarás de ser un muñeco de madera. ¡Mañana por la noche te convertirás en un chico de verdad!
le dieron un premio por ser el mejor estudiante de la escuela, y su conducta era tan excelente que el hada estaba muy complacida con él. Al Llegar de la escuela, le dijo:
Había aprendido la lección, y mantuvo su palabra durante todo un año. Al verano siguiente
Pinocho le prometió repetidas veces que se enmendaría. Y lo decía en serio. ¡No quería volver a vivir una experiencia como aquélla!
—Sabes que has obrado mal. Te perdono una vez más. Pero pobre de ti si vuelves a portarte mal…
Cuando recobró el conocimiento, estaba acostado en un sofá de la casa y el hada se hallaba junto a él. No estaba enfadada, pero advirtió a Pinocho:
Pinocho se lanzó vorazmente sobre la bandeja, mas comprobó horrorizado que los alimentos eran de mentirijillas. ¡Eran de cartón! Desfallecido tras las experiencias de aquel día, se desmayó.
—En seguida —dijo el caracol, y regresó

dos horas más tarde trayendo pan, pollo asado y fruta en una bandeja de plata.
— ¡Por lo menos tráeme algo de comer! —le rogó el muñeco— ¡Estoy muerto de hambre!
—No puedes entrar todavía — dijo—. El hada sigue acostada.
¡Pobre Pinocho! No podía hacer otra cosa que esperar. Permaneció junto a la puerta toda la noche, hasta que por fin se abrió al amanecer. ¡El caracol había tardado nueve horas en bajar a la planta baja!
Al rato dieron las doce de la noche, luego la una, después las dos, y la puerta permanecía cerrada.