Marchaba despacio por el
sendero que atraviesa los
campos, cuando el sol poniente guardaba sus últimos rayos. Las luces se hundían cada vez más en la
sombra, y la tierra, desierta tras la siega, descansaba en silencio.
De repente, surcó los
cielos la voz penetrante de un niño. Tal vez su
casa le aguardaba al final de la seca planicie, tras los cañaverales, bajo la sombra amable de los plátanos, las delgadas arecas, los cocoteros y los verdinegros
árboles del
pan.
Detuve por un momento mi andar
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