Esta imagen captura a la perfección varios aspectos clave que hacen que este
monumento natural de la Mariña Lucense sea tan fascinante y, a la vez, exija mucha precaución. En las paredes del
acantilado a la derecha y en el promontorio de la izquierda se aprecian con total claridad las capas horizontales de
roca. Estas formaciones están compuestas principalmente por pizarras y cuarcitas que tienen más de 500 millones de años de
antigüedad. La erosión del
mar Cantábrico y el viento actúa desgastando los estratos más blandos, creando los famosos
arcos,
cuevas ("furnas") y
pasadizos que parecen los arbotantes de una
catedral gótica. La arena mojada y el
reflejo del
agua en la parte inferior demuestran que te encuentras allí durante la marea baja. Este es el único momento en el que el mar se retira lo suficiente para permitir a los visitantes caminar por la arena y explorar el interior de los
acantilados. Si la marea sube, toda esa zona de arena queda completamente cubierta por el agua en cuestión de horas.