¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre
pueblo donde mi pobre gente se morirá de nada!
Aquel viejo notario que se pasa los días en su mínima y lenta preocupación de rata; este alcalde adiposo de grande abdomen vacuo chapotando en su vida tal como en una salsa; aquel
comercio lento, igual, de hace diez siglos; estas
cabras que triscan el resol de la
plaza; algún mendigo, algún
caballo que atraviesa tiñoso, gris y flaco, por estas
calles anchas; la fría y atrofiante modorra del domingo jugando en los
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