Porque resulta evidente. Hablamos a gritos entre nosotros. Cotidianamente y no sólo cuando nos insultamos desde el
coche o utilizamos el teléfono móvil sin más apoyo tecnológico que la potencia de nuestros pulmones. Incluso escribiendo en Internet a muchos les gusta hacerlo con mayúsculas, a grito pelado.
Todo nuestro entorno cotidiano es un maremágnum de decibelios en aumento constante, de músicas estridentes en los centros comerciales, en las
tiendas, en los ascensores, en los automóviles tuneados,
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