Sinuoso recorrido era aquel tan madrugador y silencioso que casi a diario tomaban con su carro. Un cajón pintado en verde y crema que ellos iban arrastrando, dos hombres ya mayores con escoba y pala en sus manos. Un grueso palo de asta, armado con retamas secas; hurgaba en las acequias, calzadas y aceras; también en los apartados jardines buscando hojas secas. Y, cuando ya era de día, llegaban con hambre a mi tienda. No era yo el dueño pero como si lo fuera. Uno de ellos entraba y me pedía mortadela ... (ver texto completo)