CUANDO EL HAMBRE APRIETA CRECE EL INGENIO (parte segunda)
Ya nos contaba mi madre, recordando hambres pasadas, de aquellos manojos de espárragos que
puerta a puerta llevaba. Ofrecía lo que podía trocar, poca cosa cambiaba; volvía con morcilla o chorizo que a otras bocas les sobraba. Qué nunca quiso mendigar (decía) porque la dignidad y el orgullo bastaban; para aquellas manos sin
pan… la
naturaleza. El que salía a buscar siempre hallaba. Y bien podía valerse del trueque aquel que más madrugaba.
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