Al principio de los tiempos, el pueblo no eran más que unas pequeñas chozas entre la espesura del monte, donde ganaderos y agricultores convivían en paz y armonía con el resto de seres míticos y místicos. Los duendecillos velaban por la noche los recursos de estas amables gentes. Gárgolas y dragones tenían su base en el castillo, cuyo dueño y señor, el Duque Nukem, velaba por las relaciones internacionales de la comunidad. Todo era paz y armonía, amenudo se celebraban bakanales, en las que participaban ... (ver texto completo)