Uno de los hombres más templaos que yo he conocido pisando el
campo, se llamaba “Machaco”. Alto de estatura, moreno de tez, ojos muy grandes y negrísimos, pelo abundante
color azabache, sano y fuerte como un roble y erguido como un chopo fue, hasta su ocaso, un hombre dotado para sobrevivir en la soledad de la
Sierra Jabeña. Le admiré a distancia y alguna vez le observé de cerca: era hombre de pocas palabras, mirada bondadosa y honrado a carta cabal.
Sin más armas que sus inmensas manos, este
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