En esta tierra tuya-tuya y mía
donde el beso de Dios siempre conmueve
donde velan los ángeles, la
nieve
de tus ojos nos ciega, nos desvía.
Nosotros somos ángeles de muerte,
enterrados detrás de nuestra nada,
jugando con la carne trasnochada
a bebernos la sed de nuestra suerte.
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