Llegado a la barrera frente a las localidades que ocupan el homenajeado o los homenajeados el torero se desmontera y les dedica unas palabras. Es costumbre también arrojar la montera a la persona o personas objeto del brindis. El matador se coloca de espaldas, caso de que el favorecido sea un hombre, aunque sea el Rey o una autoridad, y de frente si es una mujer.
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El Papa Negro enseñó siempre a sus hijos que el brindis ha de hacerse en voz alta de manera
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Es fácil comprender que el brindis haya producido innumerables anécdotas. El gracejo de los toreros, la respuesta de los aficionados, etc., crean un diálogo que pervive en la memoria de los aficionados.
Se han producido equivocaciones cuando el torero brindis a a alguien a quien no conoce y que solo le es señalado desde el callejón.
Ha habido brindis elocuentes, casi farragosos. Otros confusos o demasiado parcos.
Sobre el anecdotario producido en los brindis puede verse Luis Nieto Manjón, Anecdotario taurino (de Cúchares a Manolete), Madrid, ed. Tutor 1995. Y también del mismo autor, Anecdotario taurino II (de Luis Miguel Dominguín a Manuel Benítez "El Cordobés"), Madrid, ed. Tutor 1996.
Fuente (s):
"La liturgia taurina", de Alejandro Pizarroso Quintero, ed. Espasa.
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