Cuando se mete más el
invierno, en
pueblos como el nuestro, ya no hueles a nada. Por más que intentes aspirar, lo único que sacas es un barcao de moquillo que se te viene, pero olor, ninguno. Y, una vez que empiezas, no dejas el moquero hasta que lo llenas.
¡Hep! ¡Salud!