Luego, por la tarde, y digo en esas tardes de
otoño porque en las del
invierno son otra cosa, se ve en los
corrales de las
casas a todas las mujericas, agachadas de forma inverosímil, avivando el cisco hasta que prende para taparlo con la ceniza hasta conseguir un brasero como un
toro. Cuidao que es difícil agacharse como lo hacen las entrañables abuelicas sin que se te vaya la cabeza. Pues ellas aguantan to lo que les echen y, encima, con el tufo del brasero en la cara como cambie una miaja el aire.