A finales de los setenta principios de los ochenta, en un pueblo a cuarenta kilómetros de la ciudad, en un día del mes de abril, dando un paseo por el campo acompañando a mi jefe (yo 20 años y él 50), llegamos a una casa solariega. Salió el señor a saludarnos, pues mi jefe conocía hasta a los gatos en la zona. El campesino nos invitó a tomar un café. Yo que soy de campo, como los piornos, disfrutaba de ver todo aquello y me dediqué un poco a ver los animales que había y los aperos de labranza.
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