Hace cuarenta años a las cinco de la tarde. Entraba en paseíllo triunfal, aquel que por derecho y méritos propios. Soñaba con llegar a lo más alto del escalafon de los toreros. Esta vez no pisaba la arena, iba en el feretro aizado por los brazos de amigos y compañeros que soñaban como él. A el, le entró en suerte el toro Burlero de pelaje negro girón. Que acomodaba en sus astas silenciosa la parca, con ansias de sentir que el torero exhalaba el último suspiro. El asta había rasgado el corazón del ... (ver texto completo)