La carrera del erizo.
"Era aburridísima, desierta, sin árboles ni bares para espabilarte tomando un café; una de esas, carreteras donde la aguja se queda clavada en los ciento veinte kilómetros por hora mientras entornas los ojos de tedio y sueño. Un paraje perfecto para que uno se quede torrado al volante y o se rompa los cuernos en la primera curva de no ser porque te mantiene en vela el continuo sobresalto de los Bemeuves que pasan zumbando por el carril de tu izquierda, a ciento ochenta o
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"La carrera de la eriza"
Pues me van ustedes a disculpar, pero metí la gamba. ¿Se acuerdan de aquel erizo del que les hablé hace unas semanas, el que cruzaba la autovía a toda leche entre los
coches, tiquitiquiti, con dos cojones? Bueno, pues no. quiero decir que no era erizo, sino eriza. Descubrimiento que debo a algunas cartas de lectoras femeninamente correctas, interrogandome sobre si desde el
coche tuve oportunidad de verle los huevos al bicho.
Debo confesar que no. Sé que debí hacerlo;
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