Al acabarse el verano volví a casa. Cuando empezó el curso, mis padres me metieron en el colegio de las monjas, donde conocí a los que iban a ser mis primeros amigos de párvulos. La mayoría eran conocidos del barrio, pero otros venían de distintos puntos de la ciudad, como Marcelino que vivía en el lejano barrio de Los Pajaritos. A partir de entonces, nuestros límites cotidianos se ensancharían hasta el lejano finisterre de la Fuente Cabrejas. Pronto conocimos que aquel recinto cerrado, el universo ... (ver texto completo)