Guardo muy pocos recuerdos de aquellos domingos invernales de la niñez. Entonces, el domingo era el único día festivo de la semana. En el colegio obligaban a ir a misa –el tercero, santificarás las fiestas- y, concluida ésta, apenas el cura pronunciaba el ritual ítem, misa est, pasaban lista por si alguno había tenido la ocurrencia de quedarse en la cama. Los primeros sonidos que rompían el silencio de la mañana eran los de la voz del churrero anunciando su mercancía con la cesta colgada del brazo: ... (ver texto completo)
Los domingos parecían prometer mucho, pero solían quedarse en poca cosa, casi siempre. Las mañanas del domingo, los más afortunados podían participar en Piruetas, el programa infantil que se emitía en directo desde la emisora de radio que ocupaba un ala del piso alto del palacio de los Condes de Gómara. Un hada y un mago entretenían a los niños. Los elegidos participaban en un concurso que ganaba quien se comiera antes un merengue y consiguiera decir “Pamplona”, sin espurrear a los presentes.
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